Tarareo
marchas fúnebres
mientras te duermes en mis brazos.
Primero
el pie izquierdo —chan—, luego el otro
—chan-chan—.
Primero
un párpado —chan—, luego.
Estás
dormida y a la vez despierta.
Entre
este cuerpo que te sujeta
y la cuna existe un vacío:
el
día y la noche
un tránsito de incertidumbre
como el paso fronterizo
en una zona de guerra.
Es
ahí, justo ahí,
en ese metro y medio escaso,
donde hierven ahora todos los poemas.
De:
“Las ganas de comer Oreo”
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