Amargura
Sí,
fueron amables, en extremo; muy suaves,
aun en su indignación, tomándome de la mano,
como a un niño dócil ante una ley
que no alcanza a comprender.
No
culparon los pecados que mi pasión obró.
No, fueron tolerantes y cristianos, diciendo:
«Solo lamentamos…», diciendo que solo buscaban
ayudarme, fortalecerme, mostrarme amor; pero él,
siguiéndolos
con paso obediente,
manso, hacia su ciudad de dulces cautiverios,
habiendo matado la rebelión, volvía la cabeza
una y otra vez, buscando con sus pobres ojos
su
figura inmóvil en el camino. La canción
seguía sonando entre ellos, campana viva a campana,
llena de joven gloria, fuerte como clarín;
aún valiente; ahora rompiéndose como grito de ave marina: «¡Adiós!».
Y
ellos le susurraban bondadosos: «Ven,
ya te hemos salvado. Sana tu corazón. Olvida;
ella era tu oscuro espíritu rebelde». Mudo,
escuchaba, y ellos creían que asentía. Sin embargo,
(aunque
sabía bien que eran amables),
el recuerdo clamaba en él: «Era libre y salvaje,
magnífica al dar; ciega
al perder o ganar, y amando, solo me amaba —a mí—.
«Valiente
era, camarada y audaz;
de ánimo alto; todos sus pensamientos, un reto,
como naves alegres, aventureras, con tesoro en la bodega.
La encontré y le hablé con razón en los labios,
«ella
inclinó la cabeza, sin argumento,
y cedió en la lucha. Dijo que debía ser libre.
Creo que dijo
que, si se lo pedía, me daría toda su vida.»
Y
ellos seguían guiándole, y él aún miraba atrás
hacia donde ella permanecía; y ellos, contentos,
le elogiaban por hacer su voluntad.
La distancia los escondió, y ella se volvió, y se fue.
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