Qué
Felices Éramos
Solía
haber una espía en mi vida que no me dejaba dormir.
Día a día me torturaba con los más sofisticados
artefactos. Al principio chillaba como un cerdo en el matadero.
Después me hice adicto. Entre sesiones me sentía agitado
e impaciente. Gritaba, “¿Cuánto más debo esperar?”
Entonces me hizo esperar más y más. Me convertí en un experto,
un genio del aplastapulgares y el potro. Realmente ya no la
necesitaba. En su última visita lo pudo ver en mis ojos,
y eso abrió un agujero en ella a través del cual podía ver
algo parecido a la eternidad y algunos de los pequeños ángeles
cuyo único trabajo es pretender llorar por personas como nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario