XXI
Si
algún día, al caer la tarde,
pasar vieres mi humilde ataúd,
que tu pecho un asilo me guarde
donde pueda vivir en quietud.
Entre zarzas verás una losa
que ni cruz, ni inscripción llevará;
pero un ave con voz quejumbrosa,
“¡Allí es! ¡Allí es!”, te dirá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario