jueves, 9 de abril de 2026

ABELARDO SÁNCHEZ LEÓN


 

El rival

  

Se despoja, se sacude, se alista para arrojarse a la poza
y hacer lo que se hace en una poza:
sumergirse, empujarse, aflojar
y obligarse a hacer cuatro o seis largos en el entendido
de que se lleva la cuenta de a dos.
Es un sencillo ir y venir
en unas aguas que dejan ver el fondo
como si fuese un vientre liso y sedoso.
Ve sus brazos e intuye la existencia
de dos piernas entumecidas que se inyectan de sangre
y le dan a entender que van vivas.
Mueve la cabeza y aspira el aire a bocanadas
como si se tratara de un licor enviado a darle ánimos.
Reconoce el agua en el pecho
y en la manera en que se desplaza y se aleja.
Su cuerpo está concebido para que todo
lo que tropiece con él desaparezca.
Va hasta el fondo
y de pronto considera que existe una segunda vez,
otro momento en que demostrará
que después de haber llegado
será capaz de emprender otro extenso recorrido
de 50 metros tensos y colgados de un alambre.

Respira, se toma el pulso, realiza unas flexiones
y reconsidera que a su edad los dioses no lo toman en cuenta,
las mujeres lo obvian y que está solo en su carril,
en el poyo enfrentado a la ráfaga nocturna
y a las marcas de la competencia.
Si entrenara, si viniera a diario a practicar el rigor del ejercicio,
entonces sería capaz de vencer a su eterno rival,
esa sombra creada por él durante sus insomnios;
en caso contrario, por cierto,
solo se convertirá en su perenne escolta.

Sonríe. Se ajusta el gorro, los anteojos,
se sacude y relincha: por fin se empuja.
Las de cosas que se le cruzan por la cabeza:
alcanzar el primer lugar por puesta de mano,
colocando la uña, encrespando el cronometro electrónico
y sacarle chispas por décimas de segundos,
como si chocar contra la pared
fuese un remoto y antiguo forcejeo
y todo él fuese todavía un verdadero roble
que se lleva lo que encuentre a su paso: un caudal crecido,
tropezando entre la lluvia, el lodo y la maleza.

 

 

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