Los
dos Joan Margarit
De
una noche con él se regresaba a casa
como
quien llega a puerto después de un largo viaje
a
una isla
donde
ha sido feliz
y
sin estar seguro de quién de los dos era
ese
hombre: ¿El de la risa alegre
o el
de los ojos tristes como un bosque quemado?
¿El
que odiaba a Neruda o el que amaba sus versos?
La
respuesta no está en su poesía,
porque
en ella hay lugar para el rencor
—esa
nieve que nunca olvida una pisada—,
se
siente la amargura de quien perdió una hija
y se
escucha la voz de la derrota,
el
ruido
de
cristales rotos
que
hacen
los
sueños al caer;
pero
no hay sitio para la venganza
ni
la ira.
En
eso eran iguales
el
autor y sus obras: de repente,
en
la mitad de un drama se volvía optimista,
encontraba
un motivo para seguir viviendo
y el
dolor se volaba con alas de Esfinge,
era
una niebla que se lleva el viento,
era
un lobo que vuelve a su guarida.
Le
conocí a la edad en la que, como él dice,
ya
se lleva el tiempo en la mirada,
pero
aún conservaba una ambición tímida
de
arquitecto que aspira a la literatura.
Llamaba
a los poemas
que
escribió la casa de la misericordia,
y
allí vuelvo a menudo a recordarle.
Los
creyentes
temen
a lo que rezan,
pero
el lector confía en sus maestros:
aunque
tenga sus dioses, en una biblioteca
nadie
se debe de arrodillar.
Muy
pocos días antes de irse con las tinieblas,
me
llamó,
sin
decir
que
era una despedida,
y
fingimos los dos
que
no estaba
al
borde de la muerte,
que
no se la escuchaba ya en su voz.
Si
es que eso es verdad,
porque
hace un instante,
Joan
Margarit estaba aquí mismo, a mi espalda,
se
han oído unos pasos
como
los que él daba al recitar, frente al público,
con
la vista en el suelo,
igual
que si buscase una idea perdida,
y me
ha dicho,
en
voz muy baja: —Són
menys
cada vegada els qui ens recorden.
Son
menos cada día los que aún nos recuerdan.
He
abierto un volumen de sus obras completas
y
había dentro algo misterioso,
una
especie
de
calor en el aire,
un
halo de energía
parecido
al que queda suspendido
en
la oscuridad
tras
el paso de un tren que se aleja en la noche,
como
si al notar que alguien llegaba
acabase
de huir el refugiado
que
vive
ahí
escondido.
De: “La
edad de los fantasmas”
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