martes, 24 de febrero de 2026

BENJAMÍN PRADO

 

  

Los dos Joan Margarit

  

De una noche con él se regresaba a casa

como quien llega a puerto después de un largo viaje

a una isla

donde ha sido feliz

y sin estar seguro de quién de los dos era

ese hombre: ¿El de la risa alegre

o el de los ojos tristes como un bosque quemado?

¿El que odiaba a Neruda o el que amaba sus versos?

La respuesta no está en su poesía,

porque en ella hay lugar para el rencor

—esa nieve que nunca olvida una pisada—,

se siente la amargura de quien perdió una hija

y se escucha la voz de la derrota,

el ruido

de cristales rotos

que hacen

los sueños al caer;

 

pero no hay sitio para la venganza

ni la ira.

En eso eran iguales

el autor y sus obras: de repente,

en la mitad de un drama se volvía optimista,

encontraba un motivo para seguir viviendo

y el dolor se volaba con alas de Esfinge,

era una niebla que se lleva el viento,

era un lobo que vuelve a su guarida.

 

Le conocí a la edad en la que, como él dice,

ya se lleva el tiempo en la mirada,

pero aún conservaba una ambición tímida

de arquitecto que aspira a la literatura.

Llamaba a los poemas

que escribió la casa de la misericordia,

y allí vuelvo a menudo a recordarle.

Los creyentes

temen a lo que rezan,

pero el lector confía en sus maestros:

aunque tenga sus dioses, en una biblioteca

nadie se debe de arrodillar.

 

Muy pocos días antes de irse con las tinieblas,

me llamó,

sin decir

que era una despedida,

y fingimos los dos

que no estaba

al borde de la muerte,

que no se la escuchaba ya en su voz.

 

Si es que eso es verdad,

porque hace un instante,

Joan Margarit estaba aquí mismo, a mi espalda,

se han oído unos pasos

como los que él daba al recitar, frente al público,

con la vista en el suelo,

igual que si buscase una idea perdida,

y me ha dicho,

en voz muy baja: —Són

menys cada vegada els qui ens recorden.

Son menos cada día los que aún nos recuerdan.

He abierto un volumen de sus obras completas

y había dentro algo misterioso,

una especie

de calor en el aire,

un halo de energía

parecido al que queda suspendido

en la oscuridad

tras el paso de un tren que se aleja en la noche,

como si al notar que alguien llegaba

acabase de huir el refugiado

que vive

ahí

escondido.

 

De: “La edad de los fantasmas”

 

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