Seguimos
un estrecho sendero que bordeaba el precipicio e iba girando alrededor de la
montaña, casi como si la abrazara, que avanzaba de manera interminable y
serpenteaba entre los riscos, siempre en ascenso, hasta culminar en una
explanada repleta de grandes piedras labradas extrañamente. Habíamos llegado
con la respiración entrecortada a la cima. Llovía con intensidad, estábamos
completamente empapados.
Hubo
unos minutos de silencio, en los que adoramos el cielo cubierto, apostados en
el Inti Huatana.
De:
“Las puertas del Edén”
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