miércoles, 25 de febrero de 2026

ANTONIO GAMERO

 

  

Buscando tu saliva

  

En esta constelación de gritos
y en este vaivén de olas humanas y difusas,
yo busco la corriente clara de tu saliva
—ungüento iluminado de palabras y risas—.
Me quito la camisa, el miedo y los zapatos
y subo por escalas de aire y nada
para asaltar y desflorar
la desnuda verdad de la esperanza.
Bombardeo la noche
con mis vacilaciones de luciérnagas
y mis manos llegan submarinas
a sabotear el rojo resplandor de tus piernas.

Yo busco inopinadamente tu saliva
para que no se riegue inútilmente
en este gran vacío donde todo se pierde
y para humedecer la tierra
donde la yerba y la golondrina
bajo la sed se hermanan en la muerte.
Yo busco tu saliva mentolada
para pegar cabezas
desprendidas del cuerpo de los niños
y para alimentar las células
de la gente leprosa que anda buscando asilo.
Para abrirles los ojos a los gatos naciendo
bajo trenos de sol desgobernado
y para desapegar las estampillas
de cartas censuradas que me vienen
de los confusos y lejanos puertos.

Yo sé que todos los amantes vinieron
a besar la rosada cicatriz de tus labios
y a extraer el zumo de tus limas maduras:
al herirte la carne y al enardecer tus brazos.
Mas yo he venido sólo para buscar tu saliva;
tu saliva que sirve sólo para limpiar metales,
tu saliva que apaga el cansancio de mis miembros,
tu saliva que ahoga la cólera de las viejas,
tu saliva que lava la camisa de Dios,
tu saliva que ablanda las conciencias,
tu saliva que abre hoyos en las piedras,
tu saliva que es frágil en la hora de abrazarnos,
tu saliva que es sangre perfumada, incolora,
tu saliva que es germen de santos y profetas,
tu saliva que es sal y agua bendita
para animar la ira del demonio.

Todos los amantes vinieron a buscar tu carne;
en cambio yo agonizo buscando tu saliva
para inyectar este animal enfermo
que traigo aprisionado en mi camisa.

Poema de la novia antiortográfica

          “Hamor, en ti yo bibo
          penzando a cada istante”.
          Este era siempre el raro
          principio de sus cartas.

¡La novia antiortográfica que tuve,
era un primor para escribir palabras!

“Hamado, quiero berte oy por la noche”,
me decía en escueto telegrama,
y esta postdata me agregaba a veces:
“Mi direxión es: Caza de los Laras”.

          No sé si fue en su infancia
          alumna desatenta,
o alumna que llegara tarde al aula,
pero aquella su forma de escribirme
era cosa que hacía mucha gracia.

Y yo la amé, porque era pura y buena.
Más buena que ese mundo de muchachas
que egresan de colegios e institutos
con la mente de tests indigestada.

          La amé, porque tenía
la sangre fervorosa, como llama,
y en su saliva limpia y transparente
se bañaban desnudas las palabras.

Un día se murió de ser soltera.
La lloraron las gentes de la casa,
y hacia el punto final del cementerio
en un pobre ataúd se la llevaban.

La colocaron bajo un árbol seco
que de sólo mirarlo pena daba,
y la fueron cubriendo, poco a poco,
de tierra negra las hambrientas palas.

Y no sé por qué tuve la ocurrencia
de grabar estas letras en su lápida:
“Haquí iase la nobia que fue ziempre
henemiga del mal y la Gramática”.

Y cuando yo escribía este epitafio,
          en los altos cipreses,
¡dos ángeles con hache la lloraban!

 


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