Hombre-lobo
El
hombre-lobo busca alguien a quien cazar;
no
se esconde en las sombras de las calles más tristes,
donde
el tiempo no pasa
y el
silencio está vivo;
ni
persigue a la gente por bosques solitarios,
a la
luz de la luna;
no
duerme en cementerios
ni
teme al cazador
de
las balas de plata;
y si
alguien descubre su verdadero rostro,
le
hace creer que sueña:
—Si
me has visto —le dice— es que no estás despierto.
El
hombre-lobo actúa
a
cara descubierta y a plena luz del día;
viste
trajes azules,
viaja
en primera clase,
en
su agenda hay políticos y hay hombres de negocios
con
los que mira el mundo desde los rascacielos;
su
trabajo es hacer que en esta vida
dé
igual quien gane, mientras siempre pierdan los mismos.
El
hombre-lobo aúlla por las noches
en
los pisos de las familias desahuciadas,
roba
las medicinas de los ambulatorios,
baña
en oro la fruta de los hipermercados
y en
épocas de crisis declara a los periódicos
que
todo lo que crece lo hace hacia su caída:
«¿Cómo
se les ocurre intentar ser felices?».
«¿Cómo
se han atrevido a tener esperanzas?».
No
le sigas,
no
creas en él,
no
le defiendas:
se
beberá tu sangre, derribará tu casa;
no
le escuches,
no
seas su soldado;
no
es tu salvador, es tu enemigo.
De: “La
edad de los fantasmas”
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