miércoles, 25 de febrero de 2026

BENJAMÍN PRADO

 

 

Hombre-lobo

 

El hombre-lobo busca alguien a quien cazar;

 

no se esconde en las sombras de las calles más tristes,

donde el tiempo no pasa

y el silencio está vivo;

ni persigue a la gente por bosques solitarios,

a la luz de la luna;

no duerme en cementerios

ni teme al cazador

de las balas de plata;

y si alguien descubre su verdadero rostro,

le hace creer que sueña:

—Si me has visto —le dice— es que no estás despierto.

 

El hombre-lobo actúa

a cara descubierta y a plena luz del día;

viste trajes azules,

viaja en primera clase,

en su agenda hay políticos y hay hombres de negocios

con los que mira el mundo desde los rascacielos;

su trabajo es hacer que en esta vida

dé igual quien gane, mientras siempre pierdan los mismos.

El hombre-lobo aúlla por las noches

en los pisos de las familias desahuciadas,

roba las medicinas de los ambulatorios,

baña en oro la fruta de los hipermercados

 

y en épocas de crisis declara a los periódicos

que todo lo que crece lo hace hacia su caída:

«¿Cómo se les ocurre intentar ser felices?».

«¿Cómo se han atrevido a tener esperanzas?».

 

No le sigas,

no creas en él,

no le defiendas:

se beberá tu sangre, derribará tu casa;

no le escuches,

no seas su soldado;

no es tu salvador, es tu enemigo.

 

De: “La edad de los fantasmas”

 

 

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