El
médico
—Tenía
que ocurrir, tarde o temprano.
Era
cuestión de tiempo que cambiara tu suerte,
se
apagase tu estrella —me dijo—. Y esta vez
no
va a poder salvarte la campana.
Sus
ojos eran los de las serpientes.
Sus
palabras, veneno.
—Ha
llegado tu hora
de
saber que la vida lo es porque se acaba,
como
la arena
sólo
es
tiempo
cuando
cae.
Hablaba
y a su espalda ardía el fuego.
—Prepárate
y que Dios te pille confesado:
de
este valle de lágrimas
nadie
se marcha sin pagar sus culpas.
Todo
lo que respira
tiene
principio y fin.
Qué
te habías creído.
Y
movía
las
manos
en
el aire
igual
que si tejiese una tela de araña.
Yo
intentaba gritar,
pero
él me había
arrancado
la voz.
Pensé
en tantas mañanas de sol desperdiciadas,
pensé
en la vanidad,
la
soberbia,
la
envidia,
la
droga del dinero, las guerras familiares,
los
egos literarios, las batallas domésticas,
las
luchas del orgullo,
los
verbos de la ira…
—No
volverá a salir la luna para ti.
Te
llorarán tus hijos, pero a los pocos meses
malvenderán
tus obras a libreros de saldo;
todo
lo que quisiste se marchará con otro;
caerás
en el olvido.
Y
entonces volví en mí:
no
había ningún monstruo, sólo un médico.
Pero
algo había visto en mis radiografías…
Me
fui de la consulta
como
quien al salir de un lugar oscuro
parece
hecho de las mismas sombras.
Recordé
a Mary Oliver, esos versos que dicen
Que los
pájaros no poseen nada
y es
por eso que pueden volar. Yo, sin embargo,
no
tengo mucho, pero sí mucho que perder.
Cuando
el poema inventa otro lenguaje,
todo
lo conocido da un paso atrás:
igual
que ocurre a veces cuando habla el doctor.
De:
“La edad de los fantasmas”
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