jueves, 26 de febrero de 2026

BENJAMÍN PRADO

 

 

 

El médico

  

—Tenía que ocurrir, tarde o temprano.

Era cuestión de tiempo que cambiara tu suerte,

se apagase tu estrella —me dijo—. Y esta vez

no va a poder salvarte la campana.

 

Sus ojos eran los de las serpientes.

Sus palabras, veneno.

—Ha llegado tu hora

de saber que la vida lo es porque se acaba,

como la arena

sólo

es tiempo

cuando cae.

 

Hablaba y a su espalda ardía el fuego.

 

—Prepárate y que Dios te pille confesado:

de este valle de lágrimas

nadie se marcha sin pagar sus culpas.

Todo lo que respira

tiene principio y fin.

Qué te habías creído.

Y movía

las manos

en el aire

igual que si tejiese una tela de araña.

 

Yo intentaba gritar,

pero él me había

arrancado la voz.

Pensé en tantas mañanas de sol desperdiciadas,

pensé en la vanidad,

la soberbia,

la envidia,

la droga del dinero, las guerras familiares,

los egos literarios, las batallas domésticas,

las luchas del orgullo,

los verbos de la ira…

 

—No volverá a salir la luna para ti.

Te llorarán tus hijos, pero a los pocos meses

malvenderán tus obras a libreros de saldo;

todo lo que quisiste se marchará con otro;

caerás en el olvido.

 

Y entonces volví en mí:

no había ningún monstruo, sólo un médico.

Pero algo había visto en mis radiografías…

 

Me fui de la consulta

como quien al salir de un lugar oscuro

parece hecho de las mismas sombras.

Recordé a Mary Oliver, esos versos que dicen

Que los pájaros no poseen nada

y es por eso que pueden volar. Yo, sin embargo,

no tengo mucho, pero sí mucho que perder.

 

Cuando el poema inventa otro lenguaje,

todo lo conocido da un paso atrás:

igual que ocurre a veces cuando habla el doctor.

 

De: “La edad de los fantasmas”

 

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