La
canción de Amnios
Una
cuerda de embriagadora belleza era yo, doncella y juncal. Y la brisa y el sol
vibraban en mí.
Una
flauta de fina madera era yo. Y la belleza hacía de mí la canción que seduce al
dios del tiempo.
Una
promesa hecha de alertas y rumorosas colinas era yo. Y las miradas se llenaban
de calor y gratitud al verme.
Y
un día llegaste tú. Un impetuoso océano era tu voz. Y me hiciste parte de la
fabulosa leyenda del deseo.
Era
la hora de la siesta, lo recuerdo. Y me dejé raptar de tus requiebros. Y bebí
de tu copa y soñé tus sueños.
Me
sacudió tu peso como un campanazo de rebato. Y tu olor desesperado de varón
inundó mi piel.
Mi
cuerpo se dejó hechizar de la sabia rudeza de tus manos. Y desperté a tu
llamado.
Me
supe más viva que nunca, habitada por el relámpago y en él despierta. Y en mis
entrañas ardió tu palabra.
Desde
aquella tarde crece en mí la presunción de una bestia sagrada. Un delgado hilo
en la inmensa rueca del tiempo.
Flagelo
en que la vida desata su peste. En mí encontró una pródiga nuez en la que
construir las armas de su reino.
Espiral
extasiada en la expansión de su signo. Para crecer se aferra al tierno mucílago
de mis paredes interiores.
Pececillo
abrumado por el silencio marino que hay en mí. Bestia amada y extranjera que mi
vientre acoge.
Creces
incorrupto, como fuera de las horas, obstinado en tu propio provecho. Incrédulo
de ti mismo como la obra ante su creador.
Que
mi belleza te sea armonía, misterioso huésped. Que mi juventud te dé vigor. Que
te sea plácida esta habitación.
Ah,
invasor. Hoy sólo somos tú y yo. Mañana te me ha de robar el mundo y ya nadie
podrá salvarte.
De. “Poemas
de Montreal”
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