Último
poema
Fue
desde el crepúsculo del dolor que hablaron,
las voces, altas e implacables,
clamando a tu piedad hasta quebrarla.
¿Cómo silenciar lo que decían?
Yo las hice —con la amargura
de las trompetas del atardecer por los muertos.
Eran
la acidez de aquella alabanza
que bendijo el milagro del que surgió.
Oh, sol de aquellos días ansiosos,
ya sólo brasas; canto ahora que se eleva
en sombras que se agrupan, con la punzada
y el hambre de las campanas que persiguen niños.
Oscuridad
del amor, cúbreme el rostro;
oh amor que no muere, envuelve aún
mi cenotafio, mi morada;
grita todo lo que volveré a oír:
un mensaje de medianoche, lejano y agudo
como el paso invisible del tren.
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