sábado, 28 de febrero de 2026

BENJAMÍN PRADO

 

 


Dedicatorias

  

Me da pena mirar los libros dedicados,

porque llevan

las firmas

de las mujeres y hombres que me hicieron quien soy:

si yo creyese en santos,

les rezaría a ellos.

Recuerdo bien el día que les pedí el autógrafo:

me parecían seres caídos de una nube,

inclinados sobre el papel,

tan dignos,

como si ya posaran para este poema;

y que al escribir mi nombre junto al suyo

eran el capitán que me alistaba

en la tripulación

de su barco hacia Ítaca.

Si he llegado a algún sitio fue siguiendo sus huellas.

 

Bien mirados,

no parecían héroes,

criaturas románticas, ni personajes épicos

—Byron sólo quería buscar una belleza

que le hiciera erigir y arrasar otra Troya—

sino gente normal que tenía sus dudas

—no hay peor jeroglífico que la página en blanco—,

más que magia hacía artesanía

y a veces fracasaba —aunque ya saben: sólo

puede ser derrotado quien trata de vencer.

 

En muchos casos eran figuras literarias,

nombres cuyo pasado

tal vez

les condenase

a pelear contra sus propias obras

sabiendo que esa guerra la tenían perdida:

en la era del vértigo,

nadie mira atrás.

 

Me he dejado los ojos en su prosa y sus versos

y a unos cuantos les quise

cuando el azar

los puso en mi camino,

como la noche ofrece a quien va a la deriva

y con la tempestad dentro del corazón,

el faro de la luna.

 

Vuelvo a mirar sus letras —parece que se mueven

como ríos de tinta— y les veo las manos,

con sus venas azules, sus anillos de oro,

el tiempo que avanzaba

despacio y a la vez deprisa en su reloj.

 

Y mientras me pregunto

qué va a ser de estos libros,

dónde irán a parar, quién eres tú y qué buscas,

me ha perecido oír en la corriente

dos voces que decían: oh muerte, pan de todos,

quién vive aquí y quién es el que ya no está.

 

De: “La edad de los fantasmas”

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario