Dedicatorias
Me
da pena mirar los libros dedicados,
porque
llevan
las
firmas
de
las mujeres y hombres que me hicieron quien soy:
si
yo creyese en santos,
les
rezaría a ellos.
Recuerdo
bien el día que les pedí el autógrafo:
me
parecían seres caídos de una nube,
inclinados
sobre el papel,
tan
dignos,
como
si ya posaran para este poema;
y
que al escribir mi nombre junto al suyo
eran
el capitán que me alistaba
en
la tripulación
de
su barco hacia Ítaca.
Si
he llegado a algún sitio fue siguiendo sus huellas.
Bien
mirados,
no
parecían héroes,
criaturas
románticas, ni personajes épicos
—Byron
sólo quería buscar una belleza
que
le hiciera erigir y arrasar otra Troya—
sino
gente normal que tenía sus dudas
—no
hay peor jeroglífico que la página en blanco—,
más
que magia hacía artesanía
y a
veces fracasaba —aunque ya saben: sólo
puede
ser derrotado quien trata de vencer.
En
muchos casos eran figuras literarias,
nombres
cuyo pasado
tal
vez
les
condenase
a
pelear contra sus propias obras
sabiendo
que esa guerra la tenían perdida:
en
la era del vértigo,
nadie
mira atrás.
Me
he dejado los ojos en su prosa y sus versos
y a
unos cuantos les quise
cuando
el azar
los
puso en mi camino,
como
la noche ofrece a quien va a la deriva
y
con la tempestad dentro del corazón,
el
faro de la luna.
Vuelvo
a mirar sus letras —parece que se mueven
como
ríos de tinta— y les veo las manos,
con
sus venas azules, sus anillos de oro,
el
tiempo que avanzaba
despacio
y a la vez deprisa en su reloj.
Y
mientras me pregunto
qué
va a ser de estos libros,
dónde
irán a parar, quién eres tú y qué buscas,
me
ha perecido oír en la corriente
dos
voces que decían: oh muerte, pan de todos,
quién
vive aquí y quién es el que ya no está.
De: “La
edad de los fantasmas”
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