Los
españoles fueron lo suficientemente astutos para conservar ciertos restos de la
arquitectura inca en el Cuzco; arrasaron los edificios, conservando sus
fundamentos, con independencia de razones prácticas concretas (reutilizar el
material para la construcción de sus propios templos) conscientes de que
algunos lugares dentro de la ciudad poseían el prestigio de lo sagrado,
prestigio que se remontaba con seguridad hasta los orígenes de la ocupación del
valle por los incas, fundiéndose por tanto con el mito. Sobre estos fundamentos
erigieron sus catedrales, buscando traspasar el aura sobrenatural de los
primeros edificios a sus construcciones. Hábil maniobra de mercaderes; sin
embargo, la majestad de las iglesias cristianas palidece frente a la
perfección, a la monumentalidad de estas plataformas. El contraste es demasiado
evidente. Las iglesias son meras excrecencias, se podría pensar, musgo
acumulado sobre la cabeza de un jayán que yace profundamente dormido.
De:
“Las puertas del Edén”
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