Instintiva
versión de la espera
I
Te
ofreceré las manos que yo guardaba para organizar el viento.
(No me acostumbraré a que el miedo fuera un armiño
montado aprisa en los hombros ateridos del sosiego).
De mi silencio
aprenderás a pergeñar la nada, en una cabriola de adjetivos
que se disputarán tu aliento.
Danzarán mis dedos en tu cintura
como danza el tiempo a la hora de lo eterno.
La noche repetirá consignas en el aire,
embadurnando tus pies y mis cabellos…
Desde la ventana correrán a nuestros brazos
los delirios, los alpinos cuentos
de la escarcha, los aullidos de la estepa,
la saliva magnífica de las cimas ahítas ya de cielo;
pequeñas playas se formarán en los pliegues
que separan tus uñas de las puntas de tus dedos,
y allí pretenderé que la piel se me atore y se haga jirones,
y nadie pueda rescatarla sin perturbar tu sueño,
sin extirparle un desgarrón
a tu antebrazo blanco, a tu pulmón izquierdo,
a tu absoluta piel vibrante…
Y me quedaré como muerto,
arrojado a los pies de tu figura,
quemado todo por tu incendio,
temiendo que te pierdas y dejes tras de ti huellas inmensas,
hechas de ceniza compacta, de preceptos
apisonados por mi gran caída,
por este —en fin— caer sin término
sobre las cumbres de los escombros
que de mi quedarán
cuando no quede más que el suceso
—único, impotente, pertinaz— de tu misterio.
II
Estar
sin ti es la otra forma de morir
que se ha inventado mi destierro;
es la nueva herida que profiere el aire
cuando se mete entre mis huesos
y los hace rechinar y los inclina
hasta volverme del revés el cuerpo;
es el no se qué y el no sé cómo
que promueve el no sé cuándo de tu sol añejo;
es, en fin, la comisura en sangre
de la enorme boca
del pasado infame
de mi ardor inmenso.
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