La
ciudad que somos
Y
cuando ella no llegó, fui y compré
violetas carnosas y silenciosas que la ciudad mancha
con benceno, polvo y un dejo de suciedad picante.
Y al
lavar su forma pausada cada noche,
su sombra tiñe mi mano de púrpura. Whitey, murmura.
La
belleza es magistral. No te dirá
lo que hará, hace lo que
quiera contigo. Ella, sobre mí,
sobrecargando mi afecto con un temblor urbano,
ira, violación y dulzura, más de lo que jamás supe hasta ahora,
y aprendo la reciprocidad. Whitey.
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