El
Escorpión
El
Limpopo y el Tugela hervían,
desbordados en millas pardas y furiosas:
melones, maíz, techos de paja,
troncos de árboles y cocodrilos.
Los
estuarios hinchados estaban espesos
de restos; bajo el sol se veía
el cadáver de una joven negra, magullado
por las rocas, rodando en la orilla,
empujado
por las olas del alba, girando
sin rostro entre conchas,
con los pechos caídos y los ojos sangrantes,
y al cuello, cuentas y cascabeles.
Esa
era el África que conocimos,
donde, vagando solos,
veíamos, heráldico bajo el calor,
un escorpión sobre una piedra.
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