Hiedra
de lluvia
De
tu negrura sube, enredadera,
por ti despierto el olor de la tierra,
fértil surco mortal donde se encierran
aromas de mi breve primavera.
Y a tu negrura va, regresa, dueño
de esa voz negra, casi vagabunda,
noche de día, fugaz, alta, profunda,
lluvia minera, alada luz del sueño.
Con mis muertos a cuestas, y mi frío,
me vierto para verte enamorada,
y por sentir la sombra de este brío
—hecho de sombra ya, ya tan sombrío—,
enredadera, hiedra así abrazada,
negra lluvia en olor de desafío.
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