A
veces, cuando callo,
me parece escuchar
la máquina del pensamiento.
Suena como el rumor de la nevera,
el ronroneo de la luz
en las baldas que el ojo
inspecciona sin decidirse.
No sabemos si hay hambre,
solo una mano que tantea
por tedio o por instinto,
la rigidez del cuello.
Como el gato ante la mosca
que vuela por encima de su mundo,
su léxico,
las cien visiones y revisiones
que han sido pasto de sus uñas.
Frente al imperativo de la caza,
la tentación del laissez-faire.
Que todo brille,
que todo pase,
también la mosca
que topa ciegamente en la ventana
y no sabe el porqué.
Ignorar ese ruido
de fondo, ese zumbido maquinal
que nada sacia,
será como volver a casa,
tocar el tiempo
sin el tiempo.
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