"Un poema si no es una pedrada -y en la sien- es un fiambre de palabras muertas" Ramón Irigoyen
sábado, 18 de abril de 2026
STEPHEN SPENDER
Lo
que yo esperaba…
Lo
que yo esperaba era
el trueno, la pelea,
largas batallas con hombres
y el ascenso.
Tras el continuo esfuerzo
debía volverme fuerte;
luego las rocas temblarían
y yo descansaría un largo tiempo.
Lo
que no había previsto
era el paulatino día
debilitando la voluntad,
destilando el brillo,
la falta de bondad para tocar,
la dilución del cuerpo y el alma
—el humo frente al viento,
corrupto, insustancial.
El
desgaste del Tiempo
y ver pasar a lisiados
con raras torceduras en sus piernas
en forma de preguntas,
la aflicción que pulveriza
derritiendo los huesos con piedad,
los enfermos cayendo de la tierra:
todo esto, no lo pude prever.
Siempre
a la espera de
cierto resplandor en que confiar,
de cierta inocencia final
exenta de polvo,
que, colgando con solidez,
oscilaría a través de todo,
como el poema creado
o el cristal poliédrico.
JOAQUÍN ALVARADO
Aniversario
A
orillas del silencio mis voces son llaves
máscaras tras el despertar del alba
que
tu corazón sea el rostro de lo que deseas
que tu vida no sea latidos en el corazón de lo oculto
ANTENOR SAMANIEGO
Contrición
(VII)
Yo
quiero someter al mal, dios rojo
que me insinúa manzanares de oro.
Me bastan las legumbres que recojo
y el laúd que pulso bajo el sicomoro.
¡Atrás sándalo y vid! ¡Dadme el abrojo,
no la pagana miel! Que en mi tesoro
están la ortiga, el cardo y el hinojo,
y no las rosas del alcázar moro.
¡Aleja, tentación tus áureas pomas,
esas, que al endulzarme, de veneno
llenaron mis vasijas y redomas!
Pasa el tizón ardiendo por mi herida,
que, harto de revolverme ya en el cieno,
quiero iniciar la forma de otra vida.
LUIS ERNESTO GONZÁLEZ SOTO
Deshoras
Despertar
a deshoras, el día ausente,
sin amigos en torno del café,
sin cita con la amada, el fuego, el vino,
sin el libro a la luz de la mesa de noche.
Despertar a deshoras.
Ser en ausencia de sí mismo, como esa fantasía
de los pequeños
que se vuelven a ver si queda algo a su espalda,
inútil escenario de sus huellas
haciéndose invisible.
En imagen borrada uno se habita,
inmolada en penumbra la mirada inerme.
Inmóvil todo, el aire cae al suelo
y se acuna en la sombra que ahora calla
sus canciones de luto, su confesión de amor,
su esperanza que busca germinar en la aspereza
que a deshoras es lisa, limpia, lamparilla sin fuego.
No sonará la alarma, no irá uno a la ventana de internet
para reconocerse entre insomnes o prófugos.
El grillete feroz del celular inmóvil yace abierto
en libertad de exilio.
La vida queda despojada de intenciones
y vislumbra vestigios del olvido de Cronos.
Se suspende
a deshoras el hábito de estar.
Entonces uno es hombre muy anciano,
o es el niño que nombra su primera memoria,
como el intacto mar que ensueña las estrellas,
como el mudo y el ciego,
como el enfermo en noche de hospital
o como la honda paz que todo lo ha soltado
para que corra, deshoras abajo,
hasta el ojo de Dios que enciende en una lágrima.
MARÍA BELÉN MILLA ALTABÁS
El
adversario de la luz
Sobre
Dios y la tarde
sobre ese enigmático nombrarse
como mamíferos del ser y de las cosas
esta es la altura de mi deseo
el dorso de una soledad que se ofrece a sí misma
para acariciarle la grupa
demando un amor bárbaro
demando la dimensión de tus genitales en el jardín
para comprobar la última premisa
del mundo excepcional
y del mundo corriente
este es el hombre que me dio estatura
el adversario de la luz
persistirá cuando el amor se convierta
en una cuestión privada
cubrirá el territorio con sus soldados furiosos
y nos miraremos como un triunfo de lo íntimo
las cosas que conoceremos serán auténticas
y serán resplandor
nadie sospechará
no preguntarán a dónde voy
atravesando constantemente un túnel
a dónde
cuando en realidad
como un cascabel inquieto en mi pelo
estaba tu risa
JON SILKIN
La
frialdad
Cuando
los grabados sostienen una iglesia
y el río del norte devórase lento como musgo
entre el frío municipio de York,
más lento que lo acostumbrado
por un frío del norte, puedes ver
a los ciudadanos otorgándose
majestuosos placeres como cisnes.
Mas se les nota fríos.
¿Por qué han sido castigados?
¿Cuál es todavía su pecado?
Una aseveración persistente
como un inmenso tumor, quiste
embrujando la carne de York.
Allí no hay sinagoga
desde el siglo XI.
Cuando ochocientos judíos
diéronse muerte entre ellos
para huir de la muerte cristiana
por la mano cristiana; y el último
murió por mano propia. El suceso
tiene la frígida persistencia de un tumor
en la carne. Es un hecho.
No hay hecho alguno que pueda agregarse,
salvo que fue en Pascua,
cuando el Dios cristiano
volvía a la vida. Es por eso,
tal vez, que están embrujados:
la fría sangre de las víctimas
más fría es, más indeleble,
más corrosiva en el alma,
que la sangre de los mártires.
¿Qué conciencia existe
del frío corazón, con sus espacios?
Nada más hondo
que una ausencia admitida.
El corazón aún caliente
no ha cerrado sus brechas.
Ausencia de judíos
entre la indiferencia o la aversión,
una brecha que penetra, una conciencia
que corroe más hondo
porque todo olvidaron
en York, la mortecina.
¿Dónde los que construyen con la piedra,
los diestros en vidrio, los finos con madera;
los pulidos, los plomeros del lino
con lenguas de tubería,
el acero gobierna enroscado en sus palmas;
los impresores; los fabricantes de doseles
—fabricantes de la institución del matrimonio?
Su ausencia es infinita,
una mandíbula que no protegen
ni la gula ni la sangre.
Haya o no dolor.
Si pudiesen sentir; si uno entre ellos
tuviera esa ternura
para tocar la dignidad,
la albañilería del frío
rostro del norte
y derretirla.
Empezaría así la expiación.
Toda Europa es tocada
por el frígido York, tal como ahora
York ha sido tocado por Europa.
