sábado, 18 de abril de 2026

LUIS ERNESTO GONZÁLEZ SOTO

 

  

Deshoras

  

Despertar a deshoras, el día ausente,
sin amigos en torno del café,
sin cita con la amada, el fuego, el vino,
sin el libro a la luz de la mesa de noche.
Despertar a deshoras.
Ser en ausencia de sí mismo, como esa fantasía
de los pequeños
que se vuelven a ver si queda algo a su espalda,
inútil escenario de sus huellas
haciéndose invisible.
En imagen borrada uno se habita,
inmolada en penumbra la mirada inerme.
Inmóvil todo, el aire cae al suelo
y se acuna en la sombra que ahora calla
sus canciones de luto, su confesión de amor,
su esperanza que busca germinar en la aspereza
que a deshoras es lisa, limpia, lamparilla sin fuego.
No sonará la alarma, no irá uno a la ventana de internet
para reconocerse entre insomnes o prófugos.
El grillete feroz del celular inmóvil yace abierto
en libertad de exilio.
La vida queda despojada de intenciones
y vislumbra vestigios del olvido de Cronos.
Se suspende
a deshoras el hábito de estar.
Entonces uno es hombre muy anciano,
o es el niño que nombra su primera memoria,
como el intacto mar que ensueña las estrellas,
como el mudo y el ciego,
como el enfermo en noche de hospital
o como la honda paz que todo lo ha soltado
para que corra, deshoras abajo,
hasta el ojo de Dios que enciende en una lágrima.

 

 

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