viernes, 8 de mayo de 2026

JORDI DOCE

 

 

 

En los tratados de iconografía
se pinta la imaginación
como un hombre de cabellos revueltos,
erizados, en punta: no la racha de aire
que levanta las hojas de la calle,
sino los flecos de los toldos; no un imán,
sino las limaduras de hierro. Algo
le insufla vida, lo ilumina por dentro,
lo exaspera. Pasivamente
espera su destino, ser empujado
o distraído
por fuerzas que lo exceden,
como esta tarde el cielo de septiembre
va alternando sus cúmulos y azules
para verter sobre los pinos
y mis ojos que los contemplan
un sobrante de claridad,
de luz madura.
Una corriente eléctrica, imperiosa
toma el mirar y lo somete.
Una inquietud, como la del poema:
dar cuerpo a la insistencia
del mundo.
 
 
 

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