El
paraíso terrenal
No deseo
un cielo de arpas doradas;
dadme las arpas de la tierra:
los pinos con rojo oro sobre sus troncos,
¡la música del viento del oeste entre sus ramas!
Cuando
sea vieja,
dadme por cielo una pequeña casa sobre el brezal;
las colinas azules detrás, el mar azul delante.
Los suelos de ladrillo fregados de rojo,
las losas blancas como nieve;
los grifos y candeleros de latón brillando como oro.
Y
allí, con mi suave vestido gris entre las malvarrosas,
en un día entre todos los días recibiría a un viejo poeta;
le serviría té, caminaríamos por el brezal
y hablaríamos hasta que el sol cayera.
Y
luego, junto al fuego de leña,
él me leería los poemas de su apasionada juventud,
y compondría otros nuevos
que alabara la amistad por encima del amor.
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