Las
putas de la Merced
Las
putas de la Merced
serán tal vez las más tristes de la ciudad de México.
Las he visto caminar al atardecer
como una canción que quiere derrumbarse en cada nota,
más pálidas que la leche
las putas de la Merced tienen los ojos
tras cuatro cuevas
y si alguien amase a la poesía
abjurará de ella cuando vea a las putas de la Merced:
no será posible amar a nada
al menos durante 72 horas
después de conocerlas,
en la Plaza
las putas de la Merced
parecen muchachitas que han abandonado las escuelas bajo el fragor de un
bombardeo,
son las putas más baratas de la gigantesca Ciudad,
por 20 pesos averiguan cualquier entraña
sacan cualquier zumo
por 40 se juegan el sida a la Ruleta Rusa
por 60 serían capaces de montar un cadáver.
En
las pálidas tardes de la Merced
las putas pálidas en la palidez de la Ciudad empalidecida por la contaminación
parecen arbolitos que se desprenden de la tierra
o proyectiles rotos inmediatamente después del disparo.
Si
yo supiera rogar pediría un salón luminiscente para ellas
donde aprendiesen a tomar los cubiertos
a limpiarse los labios con las más delicadas servilletas según marcas
a leer de corrido
a escribirle cartas al Presidente de la República
reclamando un puesto en el Senado
o un papel protagónico en la próxima telenovela,
todas uniformadas de rosa en el gran salón luminiscente
donde tendrían hijos y lentejuelas y tarjetas de crédito
donde el agua del baño sería azul y las noches transcurrieran
en la inmediatez y el dulzor que precede al arribo a la clase media.
Si yo supiera rogar.
Las
putas de la Merced siguen naciendo
ahora mismo están naciendo cuatro
y ahora mismo están naciendo 200 hombres
que habrán de penetrarlas por unas monedas sacadas a la calle o al prójimo
dentro de 14 años.
Y nosotros aquí,
como si nada,
hablando y hablando
y hablando.
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