Amanecer
en las trincheras
La
oscuridad se desmorona,
es el mismo viejo Tiempo druida de siempre,
solo que algo vivo salta a mi mano,
una extraña rata sardónica,
mientras arranco la amapola del parapeto
para colocarla tras mi oreja.
Rata
burlona, te dispararían si supieran
de tus simpatías cosmopolitas;
ahora que has tocado esta mano inglesa
harás lo mismo con un alemán
pronto, sin duda, si te place
cruzar el verde dormido entre ambos.
Parece
que sonríes por dentro al pasar
ojos fuertes, miembros finos, atletas altivos,
menos afortunados que tú para la vida,
atados a los caprichos del asesinato,
tendidos en las entrañas de la tierra,
los campos desgarrados de Francia.
¿Qué
ves en nuestros ojos
ante el hierro chillante y la llama
arrojados por cielos inmóviles?
¿Qué temblor —qué corazón espantado?
Amapolas
cuyas raíces están en venas de hombres
caen, y no dejan de caer;
pero la mía, en mi oreja, está a salvo,
solo un poco blanqueada por el polvo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario