Cantar
de Eternidad
Estío.
Por Cerro Largo,
cuando caía ya el sol,
cien leguas por tierra adentro,
solo, ¡tan solo! iba yo.
El
Tacuarí era de oro,
pitangas daban su olor.
El ave voló del trébol
hacia el rancho de terrón.
Subía,
lenta, la luna.
La hirió un hombre con su hoz.
El se unió a mujer morena.
Volvieron Ruth y Booz.
Cien
leguas por tierra dentro,
de nochecita, iba yo,
cuando escuché en un recodo,
de niños una canción.
Pueblo
rural. Los muchachos
corrían de dos en dos,
en un patio con parrales,
dando al aire esta canción:
Las
estrellas, en los cielos
se juntan de dos en dos.
Se juntan para jurarse
La eternidad del amor.
Cada
niño conducía
niña de blanco candor.
Así el halo de la luna,
así el más puro vellón.
Vino
hasta mi una rapaza
y agua fresca me ofreció.
Impuso a todos silencio
y de esta manera habló:
—
Agua fresca al pasajero
no le niegues, dice Dios.
— No es agua lo que deseo,
quiero aprender tu canción.
—
Cantamos, que las estrellas
se juntan de dos en dos.
¿ No sabes ?, para jurarse
la eternidad del amor.
Por
campos de Cerro Largo,
en noche oscura iba yo.
La niña siguió cantando,
mas yo olvidé su canción…
Pues
las estrellas se engañan,
eternidad no es la flor;
ni eternidad son los hombres,
ni eternidad el amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario