miércoles, 10 de junio de 2026

EMILIO ORIBE

  


 

Cantar de Eternidad

  

Estío. Por Cerro Largo,
cuando caía ya el sol,
cien leguas por tierra adentro,
solo, ¡tan solo! iba yo.

El Tacuarí era de oro,
pitangas daban su olor.
El ave voló del trébol
hacia el rancho de terrón.

Subía, lenta, la luna.
La hirió un hombre con su hoz.
El se unió a mujer morena.
Volvieron Ruth y Booz.

Cien leguas por tierra dentro,
de nochecita, iba yo,
cuando escuché en un recodo,
de niños una canción.

Pueblo rural. Los muchachos
corrían de dos en dos,
en un patio con parrales,
dando al aire esta canción:

Las estrellas, en los cielos
se juntan de dos en dos.
Se juntan para jurarse
La eternidad del amor.

Cada niño conducía
niña de blanco candor.
Así el halo de la luna,
así el más puro vellón.

Vino hasta mi una rapaza
y agua fresca me ofreció.
Impuso a todos silencio
y de esta manera habló:

— Agua fresca al pasajero
no le niegues, dice Dios.
— No es agua lo que deseo,
quiero aprender tu canción.

— Cantamos, que las estrellas
se juntan de dos en dos.
¿ No sabes ?, para jurarse
la eternidad del amor.

Por campos de Cerro Largo,
en noche oscura iba yo.
La niña siguió cantando,
mas yo olvidé su canción…

Pues las estrellas se engañan,
eternidad no es la flor;
ni eternidad son los hombres,
ni eternidad el amor.

 

 

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