Toda
Carne
No
necesito el fasto de los cielos
cuando deseo volverme sabio;
ni los campos celestes me recrean
cuando me abandono al pensamiento.
Una sola brizna de hierba contiene
todo el caudal de la sabiduría;
y en ella mi mente naufragante
encuentra destino de Odisea.
¡Oh
pequeña hoja, gloríate ahora,
y sé arrogante!
Dile al soberbio sol que sudó
para modelarte;
y a la noche, que desnudó
su pecho lunar y argentado
para amamantarte.
El cielo entero ansiaba inclinarse sobre ti en la lluvia,
y con amplias alas maternales
te dio sombra, te alimentó,
y trabajó humildemente
para tu impotente tiranía.
Los
vastos músculos de la Naturaleza
se doblegaron mansamente para complacerte.
Pequeñez dominadora
que hasta los sabios cielos reconocen;
fragilidad capaz de atraer
la omnipotencia hacia su ley:
ésos fueron, oh dichosa criatura,
tus risueños poderes.
Confía
en tu pensamiento,
viendo que nada eres;
y sea tu orgullo saberte toda
deliciosamente pequeña y segura.
En ti se resumía el misterio
que hace temblar a las esferas:
Dios concentrado en un punto.
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