Oro
Dorado
Concedes
gracia a los ricos vestidos
dejando que se adornen contigo,
y enseñas al fasto extraños modos
de parecer sencillez.
Pero los lirios, robados a la hierba,
ya no despliegan igual nobleza
cuando son trasladados a un vaso de oro;
aunque en tronos ardientes conserven aún
serenidades frías y no derretidas.
Por eso, aunque tan majestuosa seas,
en mayor majestad solías andar.
Aunque
las joyas ardieran fosforescentes
entre las aguas nocturnas de tu cabello,
una flor, desde su urna translúcida,
vertía un resplandor más lunar y hermoso.
Estos adornos inútiles sólo recuerdan
a devotos degenerados que caen
entre brocados y bordados
para vestir a la blanca Virgen-Madre.
Porque
así como su imagen aparecía revestida
con ropajes tejidos de su propia sustancia,
según la medida del pensamiento del escultor,
y luego deslucida por añadidas galas;
así tu espíritu recibió de su Creador
ornamentos hechos de su propia esencia:
vestidos de grave sencillez,
de modestias silenciosas,
y de un amor ceñido por la reserva.
Por
eso digo:
eres hermosa incluso así,
pero yo conocí una Hermosura aún mayor.
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