Grito
bajo el agua
Da
la vuelta.
Coloca las plantas de los pies en la losa brillante.
Se encoge, se empuja, se desliza.
Es un trayecto que tiene en la raya negra
el único sendero, la única marca, el único hito.
Va bajo el agua con el peso excesivo de un cetáceo.
No está en edad para estos juegos de viejos perezosos
como si fuese una foca amasándose el bigote en la Antártida.
No hay noción de tiempo a la vista.
Continúa un momento
con esa sensación plástica del agua discurriendo
en tanto busca un agujero que garantice el desplazamiento
para emerger exacto a un animal que, por primera vez,
irrumpe en tierra y se topa con esa capa gris, perenne,
instalada de por vida en su ciudad.
Saca
la cabeza.
Mira el burbujeante paisaje monótono
de un carril abandonado.
No tiene apuro. No esperan su palabra o su vértigo.
Hace poco, hará un par de años,
un muchacho lo miró con desprecio.
En sus ojos surcaba una flecha de odio.
Empezó a empujarse de lado a lado, risueño e idiotizado.
Después debió marcharse con su andar de muñeco
antes de que se confundiera el cloro con su propio orín.
Acostumbra
llegar después de los entrenamientos
de los muchachones, de las doncellas, las chicas,
las algarabías, los silbatos, las ordenanzas
y de aquella repetición indefinida de ejercicios.
Llega rengo, con dos o tres heridas graves,
algunas cicatrices, magulladuras
y un par de traumas que prefiere retener
en cada uno de esos empujones por si le da por atorarse.
Convertido
en un pegote hace las veces de muertito.
Le da por flotar, mover esas piernas ridículas
como si fuesen las hélices de un bimotor en la Ceja de Montaña;
va, se desliza, es un tórtolo arrugado, de alas plegadas.
Lo hace en estilo espalda. Es la hora en que no hay nadie.
Comparte ese instante con dos viejos y una anciana esbelta
que acostumbra surcar el aire oscuro en dos o tres brazadas
ayudada por esas aletas que él tanto detesta
en su pensamiento minimalista, naturalista,
de que hay que sumergirse prácticamente desnudo.
Él lo hace con una trusa indecente:
considera que debe dejar de lado el artificio.
Dar la cara, el nombre, las señas:
mostrar la panza, las pecas, las vísceras, esa es su estética.
Empujarse en una de esas, y al dar la vuelta,
no hacerle ascos al aire frío.
Tropezar de lleno, tal como colisiona una embarcación
arrastrada hacia el costado de un iceberg y, al final,
hacer suyo el rugido que proviene del remoto reino de la muerte.
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