Los
inmortales
Los
maté, pero no morían.
Sí, todo el día y toda la noche
no podía descansar ni dormir por ellos,
ni protegerme ni huir.
Entonces
en mi agonía me volví
y teñí mis manos con su sangre.
En vano — pues más rápido de lo que mataba
resurgían más crueles que antes.
Maté
y maté con furia asesina;
maté hasta perder toda mi fuerza.
Y aún se alzaban para torturarme,
pues los demonios solo mueren por juego.
Solía
pensar que el diablo se ocultaba
en sonrisas de mujeres y en el vino.
Lo llamaba Satán, Belcebú.
Pero ahora lo llamo: sucio piojo.
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