Hija,
no estás hecha para encoger
«No pides mucho a la vida, solo que sea benévola con
ella».
Pablo García Casado
Hay días
que parezco
un hombre sin fisuras
y otros que parezco
mástil sin banderín.
La radio dice «sol»,
me afeito sin latido,
el lomo en su mordida
me recuerda que soy.
Otros
días, en cambio,
no encuentro bien el grifo,
se me cae la cuchara,
la vejiga me esquiva,
camino como un tren.
No
hago drama. Respiro,
me limpio con cuidado.
Meo dentro de un frasco
lo etiqueto «paciencia».
Ella aún no sospecha
o eso quiero creer.
Limpia bien los cristales,
no sé qué está leyendo,
se ríe con el móvil,
sé que la acecha el amor.
«Ojalá no tropieces donde yo».
Hija, te digo quedo:
Cuidado con los clavos
que prometen ser casa.
Hija, quiero decirte,
esa grieta de azúcar
que escondes tras la mueca,
yo también la he sentido.
Te
quiero sin escándalo
y así́ quiero avisarte:
Hay amores, hija,
que envuelven en celofán,
hay quien quiere con moho,
con gramática estrecha.
Escucha,
no aceptes
afectos sin barandas.
No te metas en bocas
que no saben la forma
de entender tu manía.
No estás para ceder
el vientre a quien escucha
sólo con la saliva.
Si debes traducir
cada golpe de pecho,
no es amor: es faena.
Si el amor no te nombra,
si no ajusta tu pieza,
si te pule con prisas
no es amor: es taller.
Que no te quieran tibio.
Que no te usen de espejo.
Que no te usen de faro
quienes cierran los ojos
cuando llegas luminosa.
No estás para morder
pan duro de su ombligo
como si fuera cena.
Que no te usen de pecho
para ensayar el lloro
sin quedarse a secarlo,
y si no saben verte
que el mundo les vomite
tu sombra en la garganta.
Hija, no estás hecha para encoger.
De:
“Pan recién horneado bajo el brazo”
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