Río
Grande
Junto
al Río Grande no bailan zarabanda
En riberas llanas como céspedes sobre la marea vítrea y ondulante,
Ni cantan madrigales desolados cuyo acento triste agita los vientos dormidos
Hasta que despiertan entre los árboles y sacuden las ramas
y espantan a los ruiseñores.
Pero
bailan en la ciudad, en las plazas públicas,
Sobre losas de mármol con cada color repartido,
Ante las puertas abiertas de la iglesia, resonantes de luz interior,
Al gran tañido de la campana, junto a la música del río, que gorgotea, tenue,
por el aire suave del Brasil.
El
Comendador y el Alguacil
Están allí, a caballo, cubiertos de plumas, estridentes y agudos,
Lanzando órdenes con sus trompetas como picos de ave,
Entre las ramas como un viento amargo, llamando;
Brillan como una luz de estrellas constante mientras otras chispas caen
Con armaduras bruñidas y penachos de fuego,
Incansables, mientras todos los demás se fatigan.
Las
calles ruidosas están vacías y la ciudad enmudece
Hasta donde, en la plaza, bailan y la banda toca,
Tal es el espacio de silencio desde la ciudad hasta el río
Que el agua murmura alto,
Más alto que la banda y la multitud juntas.
Y
los compases de la zarabanda,
Más vivos que un madrigal, avanzan de la mano
Como el río y su cascada, mientras el gran Río Grande
Desciende hacia el mar.
Junto al Río Grande no bailan zarabanda.
Alto
suena la marimba sobre estas olas a medias saladas,
Y más alto aún el tímpano, el plectro y el tambor,
Sombrías y amenazantes resuenan estas voces de bronce;
Cabalgando por encima, sobre la marea del mar salado cabalgan,
Sobre la marea del mar salado.
Junto
al Río Grande no bailan zarabanda
Hasta que los barcos anclados escuchan este encantamiento
Del aire suave del Brasil, llevado por los vientos del sur,
Lenta y dulcemente su fiereza templada
Por el aire que fluye entre ellos.
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