El
beso
Las
cúpulas de las iglesias suspiraban encarnadas
como los senos de una mujer dormida.
Fui arrastrando hacia allí mis pies heridos
y la sombra encorvada de mi cuerpo.
Seguramente me veía como el hueso
de una fruta arrojada
cuando una mujer estrujó el aliento
de mis labios, y echó a correr.
¿He
de creerlo, Dios mío crucificado por los hombres?
Mis años enseguida relucieron como correa de barbero;
cuando un perrito recibe un cacho de amor,
salta y se apresura a cogerlo.
Volví
corriendo a casa para vestirme
de gala, como un vencedor, todo de blanco.
Y por la noche, mendrugo a mendrugo repartí
mi felicidad entre los amigos solteros.
La felicidad consiste en esto: cuando el destino,
de repente, en una esquina cualquiera, te da un beso,
y la petrificada vida sacude su cornamenta,
acariciarla, nada más, y dejar que se vaya.
Como peonza di vueltas aquella noche, preso de frenesí
grité en los oídos vacíos del silencio.
¡De haber tenido una trompa, al soplarla
habría enderezado hasta su última curva!
De: “El
solitario”
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