Lluvia
otoñal
Tan
en silencio padece su dolor la piedra en la colina…
Lo mismo que el árbol enloquecido en la honda del viento
y el tallo en su piernecita oscura.
Tan en silencio padecen su dolor las cosas, que oigo…
que
por las calles corvas los pies arrastra
una procesión disímil de ancianas blancas.
La Iglesia enjabelgada brilla en la lejanía
como dentadura postiza tirada en las malezas.
No
habrá dejado nada este hombre
pues no hay clarines que anuncien su muerte,
con un chillido la viuda no se desmaya,
cae la lluvia y blasfeman los parientes.
Toda
la vida abrevió su nombre
para que se viera bien, y resaltara. Mas
de repente la hoja se desprende de la pared,
gira un instante y al cielo escapa:
se
eleva sobre el hogar ruborizado por las velas,
se cuela por el roto tamiz de los árboles,
y el lento nombre humano va ascendiendo
por la escalerilla frágil de la lluvia.
De: “El
solitario”
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