Las
honras del lecho
I
Viene
el viento a visitarme
y viene en el viento, otra vez, un recuerdo.
Vuelve el viento —rapsoda ebrio, aflato efímero—,
el viento que en otras partes ya ha cantado sus himnos de exterminio o ha sembrado
de oro
los eriales.
…un recuerdo viene en el viento
—tal vez en ese mismo viento que vaga, desnudo,
desde hace tiempo, por el mundo,
o en el viento que, a veces, riza la piel del estanque.
En
la tarde tranquila, en la tarde diáfana
ha vuelto el viento, el viento de antes, trayendo un recuerdo
—un recuerdo que ahora, conmigo, se sienta en este banco del parque.
II
En
este banco del parque me he sentado
a fumar en la tarde calma la pipa del tedio,
a recitar el olvidado canto del cantante mudo,
la estrofa trunca de una cantiga lerda.
(…un
signo aciago de tempestad hincha
el aire lelo de la canícula inminente
mientras en el rescoldo del corazón
se aviva la llama de un recuerdo).
¿Dónde,
entonces, se inscribe ese nombre de presencia arcaica que,
como el del pedestal de la estatua, tuve grabado en caracteres claros sobre el
pecho?
III
…sobre
los vestigios de una pasión antigua
—como una estatua escueta sobre el parque—
se yergue la mole del deseo.
De las ruinas de la memoria
emerge el anacrónico discurso
y es tu cuerpo, otra vez,
la visión alucinada y la elucidación del canto.
(Por
entre los vericuetos del corazón se traza
—¡oh ingeniero desolado!— un camino evanescente:
…frutas hubo esta tarde —las del tiempo—,
y nunca fue más trasparente tu presencia).
¿Con qué (sino tú)
y de qué (sino de ti)
se elabora y nutre el canto?
IV
Emite
la onda —y no prospera.
(Es el cruce de aquella señal siniestra
que choca contra la memoria).
Un claro hay en este barullo
—y es, justo, de donde emerges.
Presencia
ausente asida al recuerdo
como un náufrago se abraza a un tronco a la deriva,
la tarde te contiene, enmarañada entre lúcidos laureles
y un vago memorar vano (alto como el muro de una cárcel,
ancho como un río que —al fin—, no se cruza).
V
Acostarse
a tu lado como a la orilla de un lago
y despertar adosado a tu cuerpo
como una barcaza surta ahí, y abandonada…
Es la mañana detrás de los cristales de la ventana,
el mundo desparramado más allá de nosotros mismos,
la muerte que del otro lado de tu respiración tenue nos espera.
El silencio que hay en tus labios y el mutismo que se dice en los míos
están hablando de las enardecidas batallas que contuvo la noche.
Amantes vencidos, hemos relegado una victoria
a la callada confrontación de nuestros cuerpos.
VI
Como
se desprende, de súbito, un gajo desde lo alto del árbol
y se funde con el fondo del estanque quieto,
sucumbe el deseo —sonámbulo ciego— en las cisternas sórdidas del sueño.
(…que,
entonces, en la tarde —de grises triste y de magentas tersa—
me sea propuesta —pura e íntegra— tu desvaída imagen mate).
VII
Yacemos,
en silencio, al amor de la lumbre.
Con nuestras propias manos hemos aparejado el lecho.
Sé —en lo hondo— que, en el canto catártico, y de todos modos, a ti me debo.
Es el lecho, sin embargo, al que con obnoxia evocación,
ahora y aquí —y en nuestro nombre—, honro.
VIII
Barrunto
el recuerdo en el viento que barre el parque
—excita el cuerno lo cazado, y presa es.
Desnuda, acaso, quedas atrás como una diosa de mármol
expuesta a la suerte de los impluvios
y a la de otros enigmas que aun no nombro.
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