Esfinge
Desde
antes de la salida del sol
soñamos con los crisoles, calderos, manojos de plantas secas
y los colores ásperos y quemados de la cerámica,
del oro viejo.
Únicamente
el Dios destituido
-esfinge ciega en el banquete del tiempo-
nos ofrecía las uvas más altas que se puedan alcanzar,
universo pequeño para nuestra pesadez y hundimiento,
mundo interior contra la tropa ágil,
el destrozo que asedia y corre,
la desolación que masca satisfecha su ajo,
su olor a resina o hierba amarga,
su cercana fetidez de jaula.
Somos
sobrevivientes de una lengua muerta.
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