Padre
nuestro
perdona tus pecados
si
me hiciste así que culpa
guardo yo de abrir la flor
deliciosa del asfódelo y hundir
en ella mis manos sedientas
que son miles discontinuas codiciosas o
qué culpa qué delito astral
sacudir un límite en la arcilla
si allí mi rostro encontrará nido
y dimensión propia
cuando
el castigo tuyo venga
sin anuncio alguno como un
disco de oro rojo directo a
mi boca que es la tuya
yo no diré palabra alguna
—el lenguaje que nos diste
es tan lejano—
pero oh dios cuando vi tus
creaciones tu tejado boreal
tus ventanas metafísicas!
cuando pude probar el sexo floreciente
de mis congéneres pendiente
como un racimo o apretado
como la pulpa del naranjo
cuando trepé a tus cimas
y logré contener tus horizontes
en un solo vaso vegetal
cuando al fin atrapé tu forma
en una máscara que no es y vi
que no eras un hombre ni cientos ni
tan siquiera algo a lo que poder referirme
y que detrás tuyo todo era
un silbido simple
galaxias y equivalencias sumisas
pero no dejé de amarte nunca
ni aún ahora
que sobre mí se levanta una corona
líquida de sombra
empujada por la tuya
si
tan necesario es mi tormento
mi mal lo fue aún más
deshacer
el nudo entre los mundos
es mi única labor
padre
nuestro
perdona tus pecados—
los que yo cometí
son el triunfo
de mi especie
De:
“Antología poética de la especie humana”
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