sábado, 2 de mayo de 2026

JOSÉ MANUEL FAJARDO

 


 

El cementerio

  

Crece un rosal salvaje sobre la tumba

en la que el cuerpo medita su ruina

un rosal alto y retorcido

fiera cruz que guarda arisca

el secreto que le sirve de alimento.

Piedra que crece

sobre el lomo erizado de esta ingrata colina

donde el olvido musita sus palabras de hierba

y la tierra enseña sus uñas pardas

entre las tristes ranuras de las lápidas.

Hay una calma de siesta

en el cementerio.

Hay una verja abierta

y una fosa abierta

y un pájaro diminuto que se posa en un arbusto

y un vuelo fugaz de gaviotas

cuyos gritos secos son la única oración

que entona el cielo.

En vano teje la araña del tiempo

su mortaja de silencio

pues la húmeda voz del cementerio lanza al aire

sus mudas palabras de arena y mármol y gravilla

sus murmullos de césped y caléndulas.

Y en la hondura del valle

se hacen eco los perros

y la lluvia se aquieta

y se aplacan las iras del viento

y el rosal despliega el suspiro de su aroma

como un himno a los muertos.

 (Getxo, 1993)

 

De: “Perfecta sombra”

 

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