jueves, 30 de julio de 2026

RONNY RAMÍREZ

 

 

Dientes de león

El que no quiera trabajar, que tampoco coma.

2 TESALONICENSES 3:10

 

Me suplican que cuide mi empleo porque la calle está dura.
Me lo dicen con lágrimas que aprietan como cálculos en un riñón.
Estoy entre los que suplican
porque he estirado mi sueldo
hasta que me tiemblan las rodillas
y conozco el terror de amanecer como un parásito.
Recuerdo los días en que solo tragaba
y lloraba por despecho,
mientras mi madre seguía callando
y repartiendo víveres
con una sonrisa que parecía
una delgada e infinita lonja de queso.
Recuerdo las horas muertas
que flotaban en la computadora
y se extendían a mi cuarto oscuro;
los fantasmas inútiles que me perseguían y condenaban
por consagrarme a Judas el cobarde,
Judas el sucio.
Nunca revisé las facturas que carcomían el viejo gavetero
ni reparé en lo que tuvo que sentir mi madre
cuando no pudo sacar algo de la nevera.
Era el hijo que engordaba y rehuía de la luna furiosa,
la cruz que levantaban con pena
y resentimiento.
Ahora sirvo mis mejores horas en bandeja de oro,
dócil y simple como tenaz obrero de factoría,
recto y servil como elemento diligente y cuadrado.
Me dicen que trabajar es una bendición
porque la vida es un animal de pellejo duro.
Me lo dicen como si me dieran el cuchillo
para arrancarle la piel;
pero solo sostengo el alfiler que necesito para dormir
y repetir cuánto agradezco el derecho de poder comer,
aunque no pueda dejar de maldecir el hastío
de tener que tragarme, también,
cada uno de mis sueños.

 

De: “Condeno la noche y sus perros de caza”

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