Te
fumigan, te desahucian, te enjaulan; culpable de tu miseria, te estiran los
brazos, te arrojan al suburbio, te invitan a marcharte, te dicen «pan» y te dan
hambre, dicen «derecho» y te fustigan, dicen «abrigo» y la escarcha te
sorprende a medianoche, te parten los dientes, te saquean, dicen «dios» y crean
tu infierno, muelen tus huesos y dicen «futuro», te prestan una pajarera,
aprietan tus esperanzas, levantan tumbas para los suicidas, abren escuelas para
las sirvientitas desorientadas, te enseñan el credo de la rendición,
disciplinan tus añoranzas, ultrajan tus sueños, confinan tus movimientos,
informan por la radio de tu muerte mientras te niegas a firmar tu certificado
de defunción, te declaran ruina, te condenan a ser «nadie», a reconocerte
«ninguno», a respirar bajo el asfalto o dejar que tu sacrificio sea su
salvación.
Planifican
el desastre –y vos respirando, a pesar de todo, buscando una hendija.
De: “Todo
tanto”
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