Esta calle,
que daba al mar, es hoy
una mano de niebla
que despinta fachadas y balcones,
el fiel de las aceras.
Hasta el tiempo, confuso,
se enrosca como un perro
para morder un hueso que no existe,
la cal gemela de la expectación.
Alguna vez un coche
sale de esta blancura
y el ruido del motor
parece devolvernos a la vida,
los relieves del ojo,
tatuándonos la piel con su inquietud
de niño a solas.
Sabemos de las aguas
por esta proyección,
este lienzo trabado
que no desmiente su flaqueza
cuando el sol de las once
lo rasga sin esfuerzo
y hace el trabajo del pensar.
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