Bajo el flexo encendido
la tinta del cuaderno toma cuerpo,
crece y se multiplica:
una malla de bulbos y tallos trepadores
que forman frondas y espesuras,
árboles infestados de pájaros e insectos
y ramas que proclaman
el éxito del verde.
Al apartarlas con las manos
ingresa en otro espacio,
un hemiciclo de altas bóvedas
donde hace apenas un instante
hombres idénticos
subían y bajaban en silencio,
un despliegue de geometría
con escaleras múltiples
que van de un lado a otro
enmarcando
un vacío elocuente, que no calla,
que está hablando sin pausa
y al hacerlo le ofusca, lo deslumbra,
como si adivinara
que al fondo de este hueco cegador
está él mismo, fetal,
innominado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario