2.
Tus palabras...
Tus
palabras: me envuelven en una
placenta y me colocan delicadamente
en tu interior para gestarme.
Me
trasladan, las traslado, vamos
abriendo surcos desde dentro
hacia
afuera.
Una
flecha que viaja por el interior de
una diana: para ella acertar consiste en
encontrar la salida (y sólo
tiene una
oportunidad, un tiro): para ella la diana
es un laberinto. Así que finge dormirse
hasta que la salida, que coincide con el
centro, pasa distraída
por su lado.
Entonces sí: se alza, se tensa y le dispara
por la espalda.
Todo
recién nacido lleva tatuado un
laberinto y una diana que la
vida se
encargará de ir haciendo visibles trazo a
trazo.
Vivir
es reparar los efectos
de esa
emboscada original
que supuso la
muerte del centro, es hacerle el boca a
boca al centro hasta
que vuelva a
respirar. Pero el centro no es Dios
(el
centro no es el Centro)
sino tú, yo,
cualquiera de nosotros.
Cuando
te tanteo en la oscuridad mis
manos ecorren
las paredes del
laberinto. Y el modo en
el que tus
gemidos rebotan, se amplifican
o se
duermen por sus corredores me enseña
las dimensiones
y el dibujo
del
laberinto.
Cuando
me lames en la oscuridad una
diana se pone a rodar cadera abajo, un
blanco en movimiento
al que sólo
puede acertar una flecha perfectamente
inmóvil.
Tus
palabras son un líquido cálido: al
bucearlas me duermo.
Al
hablar desenrollas los caminos
del
mundo para que
yo los explore.
Cuando callas los vuelves
a enrollar,
pero queda una tenue huella
de cada
uno de ellos gracias a
lacual siempre
puedo reconstruir algunos.
Me
has enseñado a serpeligroso para
mí mismo y a ser inofensivo
para los
demás.
Después
de muchos abrazos no somos
una pareja sino un
atlas. Si alguien
quiere saber dónde se encuentra o hacia
dónde queda el lugar
al que planea
viajar, sólo tiene que abrirnos
y poner
un dedo sobre el punto de destino.
Si
no fuera por lo que dices de
mí, y
porque me llevas en tu
interior como
una madre al feto, mi laberinto
estaría
en ruinas: cascotes en vez
de muros,
montones de
piedras en
vez de
elegantes revueltas, ratas comedoras de
ojos en vez de
minotauros, polvo en
suspensión en vez de corrientes de aire
fresco filtrándose por las grietas.
El
cordón umbilical:
el hilo de la
madeja.
Dejarse
nacer en otro es un acto de fe,
una locura. Y también: un pacto con
el
silencio que
fuimos para
que no
irrumpa en el silencio que seremos.
Sólo
soy una sombra proyectada
en la
pared: existo porque tú eres
cuerpo y
bombilla. Existo
porque nada
se
interpone entre nosotros.
Tus
fluidos me escriben, me dibujan el
modo de salir. Dibujo que he
de beber
para que tenga sentido.