domingo, 19 de abril de 2015

MARIÀ MANENT


 

La noche

  

La ciudad de la Noche se abre, calma
con luz y azules plazas. Es silencio y cristales.
Diríais que nos cela
encima de este valle
cuyo aroma ha crecido en el viento y la lluvia
de setiembre. Ahora, lejos, se oyen vagos relinchos.
¿Es un búho en lo oscuro o bien sube en carroza
el tiempo, con su barba de bosques y de grillos?

El silencio es son de aguas. La noche suave
nos vigila y nos piensa.
¡Oh Rey desconocido que nos diste un palacio
de temor y belleza!
 

De "Las acacias salvajes"
Versión de José Agustín Goytisolo

 

JAIME SILES




Convento de las dueñas
                                                       A Federico Ordiñana

 

El oscuro silencio tallado sobre el tacto
golpea sin tocar la luz de esta materia,
de esta altura perdida persiguiendo
la eternidad donada a sus figuras.

Un sosiego perenne asciende hasta la música.
difumina los ecos sonoros del espacio
y pulsa, impele, domeña, geometriza
la mágica sorpresa del aire en surtidores.

Infiel al arbotante, a la jamba convexa,
al ritmo que la mano con claridad impone,
deja un aliento verde para llegar al sueño,
al éxtasis que crece desde la piedra en fuga.

Y queda un resplandor, una callada imagen,
un fragmento de tiempo que impreciso se ahonda
y nunca más se ha sido: se está siendo
porque en su dimensión la forma dura.

 

De "Canon"

 

ELENA MEDEL


 

Los niños que se mueren

 

Los niños que se mueren
pueden elegir entre saltar durante el día sobre camas de
          hormigón dulce, o comerse las sábanas muy lento, con
          los ojos cerrados y felices.
El privilegio de la franela. Dos centésimas de miedo para
          que suelten su mano: por la avenida se agarran de la
          punta de mis dedos, mordiéndome, mamá.
Ya no tengo piernas y canto muy bajito, buscando en un lugar
          cerca de mi padre, así que ellos me hacen compañía
          antes de llegar a casa.
Qué alegría en el vestíbulo: soy tan blandita que no puedo
          morir.
Tengo amigos sin sueño ni pijama. Huelen a víspera de
          festivo, y convierten los termómetros en un cuento de
          buenas noches, y han muerto y sin embargo
confían en enero igual que en las ventanas y la voz de la
          nieve.
Así es la vida de los niños que se mueren. Acolchada. Muy
          dulce. Es tan bello extinguirse siendo niño...
 

De "Tara"

 

 

 

IDEA VILARIÑO


 

Concédeme esos cielos, esos mundos dormidos...

 

Concédeme esos cielos, esos mundos dormidos,
el peso del silencio, ese arco, ese abandono,
enciéndeme las manos,
ahóndame la vida
con la dádiva dulce que te pido.

Dame la luz sombría, apasionada y firme
de esos cielos lejanos, la armonía
de esos mundos sellados,
dame el límite mudo, el detenido
contorno de esas lunas de sombra,
su contenido canto.

Tú, el negado, da todo,
tú, el poderoso, pide,
tú, el silencioso, dame la dádiva dulcísima
de esa miel inmediata y sin sentido.

 

 

LUIS MUÑOZ


 

Ésta

 

Ésta es la noche
con su lomo de iguana.
Yo no pienso temerla
ni por lo que embosca
ni por lo que ilumina.

Tu miedo no termina sin mi miedo
cuando son una fuerza.
 

De "El apetito"

 

CRISTINA MAYA

 
 
 
Frente al atardecer
 

Esta tarde
de bruma gris y hondo abandono,
tiene dolor de ausencia.
Frente a mí
la lenta melancolía
de las hojas
y en la ventana el viento
preludia una canción entristecida.
Soy el instante impreciso,
el endeble reflejo
de un retrato, un espejo, un poema.
Soy el perfil desvanecido
de todas las imágenes posibles,
sombra no más de lo que fue,
palabra blanca
en el papel del aire.

 

sábado, 18 de abril de 2015

ENRIQUE GONZÁLEZ MARTÍNEZ


 

El retorno imposible

 

Yo sueño con un viaje que nunca emprenderé,
un viaje de retorno, grave y reminiscente...

Atrás quedó la fuente
cantarina y jocunda, y aquella tarde fue
esquivo el torpe labio a la dulce corriente.

¡Ah, si tornar pudiera! Mas sé que inútilmente
sueño con ese viaje que nunca emprenderé.
 

Un pájaro en la fronda cantaba para mí...
Yo crucé por la senda de prisa, y no lo oí.

Un árbol me brindaba su paz... A la ventura,
pasé cabe la sombra sin probar su frescura.

Una piedra le dijo a mi dolor: descansa;
y desdeñé las voces de aquella piedra mansa.

Un sol reverberante brillaba para mí;
pero bajé los ojos al suelo, y no lo vi.

En el follaje espeso
se insinuaba el convite de un ósculo divino...
Yo seguí mi camino
y no recibí el beso.

Hay una voz que dice: retorna, todavía
el ocaso está lejos; vuelve tu rostro, guía
tus pasos al sendero que rememoras ; tente
y refresca tus labios en la sagrada fuente;
ve, descansa al abrigo
de aquel follaje amigo;
oye la serenata del ave melodiosa,
y en la piedra que alivia de cansancios, reposa;
ve que la noche tarda
y oculto entre las hojas hay un beso que aguarda...

Mas, ¿para qué, si al fin de la carrera
hay un beso más hondo que me espera,
y una fuente más pura,
y un ave más hermosa que canta en la espesura,
y otra piedra clemente
en que posar mañana la angustia de mi frente,
y un nuevo sol que lanza
desde la altiva cumbre su rayo de esperanza ?

Y mi afán repentino
se para vacilante en medio del camino,
y vuelvo atrás los ojos, y sin saber por qué,
entre lo que recuerdo y entre lo que adivino,
bajo el alucinante misterio vespertino,
sueño con ese viaje que nunca emprenderé.