viernes, 21 de junio de 2013

ÁLVARO SOLÍS




Domingo


Y las altas
raíces curvadas celebraban
la partida de los prodigiosos caminos, la intervención de
las bóvedas y las naves.
Saint-John Perse


Yo quiero un mantel donde sentarnos a pasar la tarde
y recordar que arranqué la mala hierba con mis manos,
sacando al sol las raíces que a gusto germinaban bajo tierra.

Arranqué la hierba de los campos
que mi padre cosechó con naranjales y amarillentas limas,
y recordar
cuando mi padre enlutó los puños contra la pared,
cuando decidió que no era necesario el equipaje a donde iba
e incrustó sus manos contra aquel yeso del muro que todavía sostiene la casa,
el techo que alguna vez el aire arrebató
para mostrarnos el ojo de la tormenta,
como pequeñas luces que simulaban astros,
cuando todos supimos que el adiós era una grieta en la pared,
una grieta que debe sacarse al sol,
arrancarse como la hierba que sin quererlo nadie
crece todavía en los naranjales de mi padre,
en los campos que hace tiempo abandonó a su suerte.

Coronado de agridulces vainas el día,
su inmarscecible adiós, su cambio de escenario,
la mirada vigilante de mi padre dormitándose bajo un viejo tamarindo,
la orilla de un río del que nadie recuerda su nombre.

Y esas grietas que también coronan el cielo,
que giran y giran alrededor de la noche,
invisibles alrededor del día.

Yo quiero un día de campo,
tenderme bajo un viejo tamarindo
vigilando a mis nietos correr alrededor del agua,
y soñar con aquellas agridulces tardes
en que mi padre no enlutó los puños contra la pared.

La hierba secándose al sol frente a los naranjales,
los amarillentos limos girando y girando
en el aire, como aquellos satélites girando y girando,
en el aire en busca de la tierra que
gira y gira para volver siempre y repetidamente al mismo lugar.



DELMIRA AGUSTINI




Tu amor


Tu amor, esclavo, es como un sol muy fuerte:
jardinero de oro de la vida,
jardinero de fuego de la muerte,
en el carmen fecundo de mi vida.

Pico de cuervo con olor de rosas,
aguijón enmelado de delicias
tu lengua es. Tus manos misteriosas
son garras enguantadas de caricias.

Tus ojos son mis medianoches crueles,
panales negros de malditas mieles
que se desangran en mi acerbidad;

crisálida de un vuelo del futuro,
es tu abrazo magnífico y oscuro
torre embrujada de mi soledad.






jueves, 20 de junio de 2013

CARMEN MATUTE




Amado



Fui agarrándome de ti,
de tus ojos,
campanarios llenos de palomas,
y tu pecho
encendido como un lucero sólo.

Caminé desesperada
en los senderos
trazados por tus venas
y me así
a tus riñones
y testículos,
a tus orejas
y tu lengua.

Golosa
bebí con gratitud
láudano en tu boca
y me detuve
por siglos en tu sexo:
lo exploré
con soles diminutos
nacidos en las puntas de mis dedos
y cárdenos frutos mancillados.


Copié tu mirada,
doblé tu risa,
y lúbrica mordí
tu agonía con los dientes.

JOSÉ MARÍA EGUREN





La niña de la lámpara azul

En el pasadizo nebuloso
cual mágico sueño de Estambul,
su perfil presenta destelloso
la niña de la lámpara azul.

Ágil y risueña se insinúa,
y su llama seductora brilla,
tiembla en su cabello la garúa
de la playa de la maravilla.

Con voz infantil y melodiosa
en fresco aroma de abedul,
habla de una vida milagrosa
la niña de la lámpara azul.

Con cálidos ojos de dulzura
y besos de amor matutino,
me ofrece la bella criatura
un mágico y celeste camino.

De encantación en un derroche,
hiende leda, vaporoso tul;
y me guía a través de la noche
la niña de la lámpara azul.



JORDI VIRALLONGA




El delirio de Patrizia



Mira mis brazos, se cubren de neón,
abarcan la luz nocturna de los barrios y aeropuertos;
ese esparcimiento de órbitas tardas en peceras de cristal,
zona a zona,
planta a planta, la cometa de ascensores.

Mira mis ojos, todo lo ocupan
-más inmensos que el iris de la noche,
que la luz de la bahía resguardada de los puertos-,
derramados en la incógnita inicial del horizonte,
donde están los sueños todavía por crear.

Mira mi sexo,
mira su longitud cavernal
recibir la láctea dispersión de caminos boreales.
Mira mis piernas levantarse por encima de las patrias,
apuntalar la tierra, embovedar planetas,
también la lejanía ignorada,
de océano a océano,
piedra a piedra, el malecón de asfalto.

Mira mi huella pisar las calles,
sombrear la estela de los faros autónomos en los escaparates.
Mira mi pecho, imagina la nada impensable
y amnistía tu legítimo deseo.

Mira hombre mi ansiedad,
el húmedo filtro que atraviesa los cristales,
la perfecta distribución de las horas, las luces,
el sugestivo encaje de los vientos
y alza sobre mí
la dispuesta obscenidad de tu semblante.
Levántame los diciembres, el cristal vaporoso,
la línea suburbial donde acaba tu viaje.

No respondas al teléfono, es gerencia:
mira seis veces mi ropa,
acércame las sales, esa colonia agreste.

Déjame descansar y el mundo será nuestro,
también el baño de alto standing, estatura brutal,
y el dúplex de porcelana en que te espero.



ÁLVARO SOLÍS




La espera


Para Antoni Marí


Desde el fondo de la soledad y aún más de la desdicha,
si es dado que una ventana se abra, se puede, asomándose a
ella,
ver, pues que andan lejos e intangibles, a los
bienaventurados.
María Zambrano


Siempre estamos solos, el mundo no existe allá afuera,
ni la apretujada multitud, ni los campos, ni los bosques,
ni las playas propicias para el sosiego.

Cuando asecha el sueño o la esperanza o el dolor,
estamos solos, nadie nos espera de vuelta,
nadie recuerda nuestros mejores momentos;
(nuestra fugaz parcela de felicidad.)

Cuando asecha el insomnio o la incumplida promesa o la fe,
cerramos los parpados como para dormir
y la memoria repasa con precisión los despojos del día,
porque estamos inquietos y reinicia la mañana en sus vendimias ásperas,
su duermevela en todo lo que está al alcance
entre los sueños infantiles y la reumas de la vejez.

Cuando estamos en medio, miramos hacia atrás sin remordimiento
el paso del recuerdo que no produce temor,
reconocemos el odio,
negamos abrir los ojos porque ha sido insuficiente la noche
y escuchamos el mundo que nos llama,
su ayuna indiferencia, sus trajeadas prisas,
los desocupados asientos de la fortuna que se han alejado del todo
aunque sigamos tan solos, aunque sigamos tan solos,
aunque sigamos tan solos y solos y solos, como para morir.




DELMIRA AGUSTINI




Tu boca


Yo hacía una divina labor, sobre la roca
creciente del orgullo. De la vida lejana
algún pétalo vivo voló en la mañana,
algún beso en la noche. Tenaz como una loca,

seguía mi divina labor sobre la roca,
cuando tu voz que funde como sacra campana
en la nota celeste la vibración humana,
tendió su lazo de oro al borde de tu boca;

-¡Maravilloso nido del vértigo, tu boca!
Dos pétalos de rosa abrochando un abismo...-
Labor, labor gloriosa, dolorosa y liviana;

tela donde mi espíritu se fue tramando él mismo
tú quedas en la testa soberbia de la roca,
y yo caigo sin fin en el sangriento abismo!