viernes, 25 de abril de 2014

TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO



 
Poema de Chewing-Gum
 
 

Y entonces, el gitano mudo,
cantó su canto como pudo:

Siento que mi alma se vuelve como la de una
        prostituta
-o que mi alma es una prostituta-
mientras espero el poema que tal vez va a llegar.

En mí todo poema es problemático.
Quizás el aborto de hoy hubiera sido
el parto de mañana
-todavía es más duro aprender a esperar-
y los fetos
pierrots-buzos-sin escafandra
me hacen reproches incompletos como sus
        propias vidas
solemnes, como las torres guillotinadas de Notre
        Dame;
pero,
«acabar» es bueno para los que tratan de engañar
al tiempo
o para los que nacieron con un poder de ases
tatuado sobre la frente
para poder reírse de los malos destinos,
mientras que en mí todo se queda trunco
porque nunca tengo tiempo para nada
ocupado en el negocio de mi ocio
gentleman-globe-trotter-sobre-los-mapa-
        mundis-arlequines!

Un día,
los loros amarán de amor
el corazón aceitado de los fonógrafos,
pero yo he roto todos los juguetes que hubiera
        podido amar
-navíos-claros de luna-torre-eiffel-
y me he quedado solo con un poema
maravillosamente incompleto:
sombría galería de mina abandonada
que mira al sol por los periscopios de los pozos
y donde nunca nadie encontró nada.

Me complico en negaciones:
sonda quisiera ser para el tonel de las Danaidas.
La temperatura de mi pensamiento
está llegando a menos
que dan vértigos
y un día me encontraré en mis propios antípodas
Robinson de una aventura
que sólo algunos locos podrán un día creer.

Los otros querían hacer «sentir» su poesía:
yo quisiera que la mía se pudiera mascar.
Poema inútil, como una pastilla de Chewing‑Gum.
Contarse a sí mismo. Manera
de ir viviendo cada vez más desnudo.
Llegar hasta a arrancarse la piel, alegremente
como lo haría un fakir
ante un grupo de marineros borrachos
que pensaron divertirse
y súbitamente
sintieron todo el dolor que el hombre no sentía
y guardaron toda la vida las pupilas espantadas
de lo que vieron esa noche.

De tanto rehusar todas las anestesias
invito más amigos para la fiesta de mi autopsia.

Disparejo, como un paisaje de ciudad
visto desde una torre,
mapa en relieve de mi Suiza interior
mi poema
-fotografía desde el avión de mi recuerdo-
escrito con una indiferencia de vaca que rumía
e inútil como una pastilla de Chewing-Gum.

Ya no estaremos ahí para regocijarnos,
yo no predigo nada porque estoy en la tierra mía
pero yo sueño un poema erizado de vértices
-ilusión de himalaya de cinematógrafo-
mecanoterapia para los últimos tziganos
vals-lento-del-danubio
atragantados de emoción.

Hay también Charlot, profesor de infinito,
-Biblia y Quijote-
quien con una sola mueca
marcóme la cifra de mi desesperanza
en el ábaco de las nebulosas.
Corazón de oro -lo hubiera dicho mi abuelo-
que se complace en hacer comer a la jauría
pedazos de su emoción
y finge creer que no lo sabe
-¿lo ignora la señora Chaplin, la madre de Charlot?
Nuestra emoción de ahora
más terrible que todas las viejas emociones
emoción de performance
de autódromo
de equilibrista japonés
y de la danza de los panes,
emoción que nos hace detener el corazón dentro
        del pecho
como
la máquina de un reloj que hubiese contado toda
        la era cristiana.

En realidad, la era cristiana terminóse hace
tiempo
estamos, simplemente, en la era del Hombre.

El amigo alegre que vino cargado con su mala
        noticia
se fue asombrado de mi lejanía
y comprendió que para mí ya no hay malas
        noticias.
Mi corazón tiene dos perfiles
pero al lado que miraba hacia atrás le he sacado
        los ojos
ruiseñor ciego que no me intereresa oír cantar.
Payaso de lo absurdo,
cada noche me trago el sable de mi vida
frente al público y con las mangas levantadas.
Como Alejandro el macedonio
me duplico en mis noches
y cada mañana puede creer
que regreso sin cansancio de algún tremendo viaje.

Vocación de suicidio de cada palabra mía
que a cada línea me van pidiendo a gritos
el reposo de algún punto final.
Vocación de suicidio de todo mi poema:
vocación de suicidio mía, que es mi única razón
        de ser.
Imán.
Estrella Polar.
Signo de prostituta.
-Galeote febril amarrado al remo de mi propia
        mentira
todavía no es tiempo. Todavía.

Poema de Chewing-Gum.
Poema inútil espejo de la vida mía
donde se puede ver mi corazón por el ojo de la
        cerradura
espantosa glosa sobre cada pétalo
de la rosa de mi ocio
que es el negocio en la Wall Street de mi pasión.

Poema rascacielo
con un solo ascensor:
castillo de naipes para mí que no tengo torre de
        marfil
poema que se puede mascar
como una pastilla de Chewing-Gum.

 

 

 

 

AÍDA CARTAGENA



 

De entero cuerpo

 

 

HUNDIDA en la sangre sin motivo,

raíz al aire corno ceiba anciana

o arbusto hoyando el muro que te viste.

 

Así tú me verás de entero cuerpo

sumergida en tu savia, Poesía,

buscando el terna que motiva

lo que te hace eterna:

vida angustiada o catedral,

agua que rompe,

nube de fuego,

rosa y amor,

o el paraíso perdido donde habita

el último sentido de la vida.

 

 

 


 

 

 

jueves, 24 de abril de 2014

ENQUILLO SÁNCHEZ


 
 

No sé si bailas o si callas

  

No sé si bailas o si callas,
no sé si cantas bajo la lluvia de junio amanecido
o si enmudeces junto al pájaro que viaja sin retorno
hacia el final de la brisa donde bailas o callas.

No sé si cubres o desnudas
la luz que circunda tu cintura de níspero jugoso.
No sé si vistes o desvistes
las ebrias aguas que te ciñen sin tiempo ni pupilas.

No sé si apremias o retrasas
la noche en su navío de fiera y aguacero.
No sé si conservas o repartes
tu propio relámpago de fiera que divide la noche en
dos mitades.

No sé si te acercas o si huyes
de la música que dejas a tu paso,
como un pájaro menudo detrás de una guitarra
o una mano de luna suspendida de la rosa.

No sé si tomas o si dejas
el pez que en la lluvia busca tu alimento
de cedro parecido al cedro de tu pecho.
No sé si llegas. No sé si te despides.

No sé si me llamas una noche de humo
o si regresas al agua en que yo no te toco.
Nada sé de tu sombra. Nada sé de la estrella.
Porque sólo te sueño, para que nadie lo sepa.

FRANKLIN MIESES BURGOS


 


 

Cuando por soleados caminos del domingo,
cogidas de las manos venían las margaritas
con sus limpias enaguas recién almidonadas
crujiendo melodías de almidón en el viento;

cuando enardecidas iban las amapolas
gritando en rojo vivo su pasión anarquista
por todos los viajeros senderos de la aurora,
y los claveles eran Caperucitas Rojas,
las dalias (con sus faldas de encajes) bailarinas,
ignoradas pavlovas de la verde campiña,
con tramoyas de vientos, en proscenios de hojas;

cuando todas las rosas del rosal tenían alas,
y en vez de ruiseñores canoros en sus jaulas,
las viejas solteronas mimaban en sus sueños
tulipanes azules que cantaban:

era entonces el tiempo feliz de las abuelas;
el bello tiempo ido de las pantallas rosas,
los relojes de cuco, los bastones de estoque,
las postales de Niza y el ademán pausado
con que los caballeros se hacían el bigote;

tiempo todo cubierto de un fino terciopelo,
por el que descendían las palabras discretas
en un suave despliegue de susurrantes voces
cuando el vals entreabría sus violines de llanto,
y el mundo se apagaba de pura transparencia.

 

 

 

 

FABIO FIALLO


 

El silencio de unos ojos

 

          Qué me dicen tus dulces ojos negros,
tan cargados de sombras, ¡oh, adorada!
que en la noche me basta su recuerdo
para llenar mi corazón de lágrimas.

          Qué me dicen tus dulces ojos negros,
en su silencio lleno de palabras
tan leves, que el oído nunca advierte
cuando se adentran en mi oscura entraña...

          Tal dos aves que buscan su refugio
en un agrio peñón de oculta playa,
y en su áspero nidal, en vez de cánticos
alzan al cielo súplicas calladas.



 

 

GASTÓN FERNANDO DELIGNE


 

(Al poeta amigo, Arturo Pellerano Castro)

 

Su mano de mujer está grabada
hasta en el lazo azul de la cortina;
no hay jarrones de China,
pero es toda la estancia una monada.

Con un chico detalle,
gracia despliega y bienestar sin tasa,
a pesar de lo pobre de la casa
a pesar de lo triste de la calle.

Cuando el ardiente hogar chispas difunde,
cuando la plancha su trabajo empieza,
para cercar de lumbre su cabeza,
en sólo un haz se aduna
el brillo de dos luces soberanas;
un fragmento de sol, en las ventanas;
un destello de aurora, en una cuna!

¡Qué sima del ayer a lo presente!...
Allá, en retrospectivos horizontes,
la desgracia pasó sobre su frente,
cual una tempestad sobre los montes.

Era muy bella, ¡por extremo bella!;
y estuvo en su mirada
la candente centella
donde prendió su roja llamarada
la pira que más tarde la consume,
la que le hurtó, de tímida violeta
con el tierno matiz, todo el perfume.

Fue su triste caída,
lo mismo solitaria que completa;
y como en casos tales de amargura,
desde ella hasta Luzbel todo es lo mismo;
una vez desprendida de la altura,
cebó en ella sus garras el abismo.

Quedó al horror sumisa
con expresión que por tranquila, espanta;
apagada en los labios la sonrisa,
extinguida la nota en la garganta.

Flotó en la hirviente ola
con el raudo vaivén del torbellino,
y se encontró... sentada en el camino,
entristecida, macilenta, y sola!...

Pero así como planta que caída,
después que la desnuda
rama por rama la tormenta cruda;
a pesar de la fuerza que la azota,
de la raíz asida
queda, y más tiernos sus renuevos brota;
cuando estaba su oriente más distante,
y más desfallecida la materia;
brotó la salvación dulce y radiante
por donde entró señora la miseria.

Si es cierto que invisibles
pueblan los aires almas luminosas,
hubieron de acudir a aquel milagro,
como van a la luz las mariposas.

Así el suceso su mansión inunda
con tintes apacibles:
la gran madre fecunda,
naturaleza sabia y bienhechora,
miró piadosa su profunda pena,
palpó la enfermedad que la devora;
y en su amor infinito,
la puso frente a frente de una cuna;
a la vez que vocero del delito,
de calma y redención anunciadora!

¡Quién dirá lo que siente
al verse de la cuna frente a frente!...
Su corazón de madre se deslíe,
y al hijo que es su gloria y su embeleso,
le premia con un beso, si es que ríe;
le acalla, si es que llora, con un beso.

Al calor que la enciende
¡cuántas cosas le dice,
que el diminuto infante no comprende,
tan tiernas a la par como sencillas!...
Es un desbordamiento de ternuras,
sin valladares, límites, ni orillas!...

De pronto, en su alma sube
la hiel de sus pasadas desventuras;
y mientras surca y moja sus mejillas
llanto a la vez de dicha y desconsuelo,
cual si Dios la empujase desde el cielo,
¡cayó junto a la cuna de rodillas!

Y ante el espacio estrecho
que ocupa aquella cuna temblorosa,
como se abre el botón de un alba rosa,
la rosa del deber se abrió en su pecho!


¡Reída alborescencia
la que de Angustias el camino ensancha,
escrita en surcos de la urente plancha
y en serena quietud de la conciencia!

¿Hay algo oculto y serio
entre los pliegues de su afán constante?...
la vagarosa bruma de un misterio?...
La audaz de la vecina
que, cual prójima toda, es muy ladina,
quita al misterio la tupida venda,
desparrama la cosa
con todo este chispear de vivas ascuas:

-"El chiquitín, un sol; cerca las Pascuas;
y le trae preocupada y afanosa
el trajecito aquél que vio en la tienda".

Por eso, y así el Bóreas yazga inerme
o airado soplo con violento empuje,
Angustias canta, el pequeñuelo duerme,
la plancha suena, la madera cruje.

 

 

 

 

SALOMÉ UREÑA DE HENRÍQUEZ



¡Padre mío!

 

Muda yace la alcoba solitaria
donde naciste a la existencia un día,
do, desdeñando la fortuna varia,
tu vida entre el estudio discurría.

¡Ay! De una madre en el regazo tierno
por vez primera te dormiste allí,
y allí, de hinojos, tu suspiro eterno
entre sollozos tristes recogí.

Hoy, al entrar en tu mansión doliente,
donde reina silencio sepulcral,
nadie a posar vendrá sobre mi frente
el beso del cariño paternal.

Ninguna voz halagará mi acento.
ni un eco grato halagará mi oído:
sólo memoria; de tenaz tormento
tendré a la vista de tu hogar querido.

Sí, que a la tumba descender te viera
tras largas horas do perenne afán,
horas eternas de congoja fiera
que en el alma por siempre vivirán.

Cuando de angustia desgarrado el pecho
te sostuve en mis brazos moribundo;
cuando tu cuerpo recosté en el lecho
donde el postrer adiós dijiste al mundo;

cuando, de hinojos, anegada en llanto,
llevé mis labios a tu mano fría,
y entre tanta amargura y duelo tanto
miraba palpitante tu agonía;

después, ¡oh, Dios! cuando besé tu frente
y a mi beso filial no respondiste,
de horror y espanto se turbó mi mente...
Y aun teme recordarlo el alma triste.

¡Memento aciago! Su fatal memoria
cubre mi frente de dolor sombrío.
Siempre en el alma vivirá su historia,
y vivirá tu imagen, padre mío...

Cuando las sombras con su velo denso
dejan el orbe en lobreguez sumido,
en el misterio de la noche pienso
que aun escucho doliente tu gemido;

y finge verte mi amoroso anhelo
bajo el abrigo de tu dulce hogar,
y me brindas palabras de consuelo
y mis lágrimas llegas a enjugar.

Sombra querida que incesante vagas
en torno de la huérfana errabunda,
visión perenne que mi sueño halagas,
alma del alma que mi ser inunda:

si de ese mundo que el dolor extraña
mi llanto has visto y mi amargura extrema,
sobre mi frente, que el pesar empaña,
haz descender tu bendición suprema.