lunes, 28 de marzo de 2022

MAROSA DI GIORGIO

 

  

Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto…

 

 

Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto,
que fueron la desesperación de todos los que vivimos juntos
en aquel tiempo.
Y en la cara tenía varias dentaduras, y lentes celestes como
el fuego.
Al pasar, por la tarde, parecía el ángel de la devoración con
pie punzó.
Mas, en realidad, amó la luz solar. Comía guindas, llevándose
una a cada boca.
Y sentía temor y amor hacia el Maestro Tigre que llegaba
en la noche a buscar doncellas.
Y nunca la eligió.

 

 

 

LALO BARRUBIA

 

 

La mujer anarquista

 

 

este es un poema revolucionario
que la mujer anarquista se debía a sí misma
porque nunca antes
escribió poemas revolucionarios

ella viene de la clase obrera
y levanta su bandera por la libertad

a ella le gusta el sexo guarro
con gusto amargo en la boca
y que duela en las nalgas el día después
y los hombres de los que nunca podría enamorarse
porque si no no sería lo suficientemente guarro
y porque hay que vivir para contarlo

le gusta el vino barato
que pasa de mano en mano
bailando en la vereda
y los porros chiquititos que te ponen en onda
y sabe que con música de tambores remendados
se puede bailar también

pero también le gustan los vinos añejados
la carne asada en el punto exacto
los porros que te llenan el vientre de estrellitas
y los hombres inteligentes y sanos
que de todas las cosas parecen saber

hay muchas cosas que la mujer anarquista no sabe hacer
no sabe elegir el vino adecuado
y en los buenos restaurantes siempre pide el pescado
porque suena bien
no sabe exigir lo que le corresponde
y si lo hace es porque está muy enojada
y entonces nada sale bien

no sabe decir las cosas que piensa
y mucho menos decirlas en inglés
y el momento justo de decirlas
siempre lo encuentra después

pero sí sabe
escribir poemas revolucionarios
que los poetas no consideran poemas
y los revolucionarios no consideran revolucionarios

y tiene buen olfato para detectar
hombres inteligentes y guarros
de los que nunca podría enamorarse
porque hay que vivir después

  

Nota: Lalo Barrubia, seudónimo de María del Rosario González

 

 

 

BAUDILIO MONTOYA

 

 

Querella de pena y amor

 

 

Mira, que ya no resisto,
Escucha, es que ya no puedo
Y voy a parar la vida
para decir lo que siento,
Voy a contarle a las nubes
que pasan rayando el cielo,
Que te llamo, que te busco,
que te sigo y te deseo;
Voy a entregar estas voces
que descoyuntan mis huesos,
Para que sepan mañana
que te adoro, que te quiero.

¡Ah¡ si te asaltara un lirio,
Si te estrangulara el viento,
Si te robara esos ojos
tan hermosos, un lucero;
Si celebrara ese talle
tan bellamente trianero
El verso jamás oído
de algún poeta bohemio.

Mira, mira, aunque lo sepan,
Y aunque lo conozca el pueblo,
Como una sombra en silencio,
Voy a decir que te sigo
Que ya me estoy acabando,
Que ya me estoy consumiendo,
Ardiendo por tu cariño
como una brasa de cedro
Que iré por tí hasta la muerte,
Que no le temo al infierno,
Porque yo sé que en tu amor,
Tengo seguro mí cielo.

Mira, que lo entienda el mundo,
Que lo sepa el universo,
Y que conozcan las gentes,
Y el sol, y el agua y el viento
Que sobre todas las cosas,
Te quiero mucho… te quiero…

 

domingo, 27 de marzo de 2022


 

MARÍA GARCÍA DÍAZ

 

 

Imagina

 


I

un mundo tangible:
imagina
lagunas de agua verde
cárcavas de terracota
cuerpos de carne
biologías de sosiego

  

De: “Suave la matriz”



EDUARDO ESCOBAR

 

 

Paisaje infinito

 

 

Debajo de aquella columna de humo remoto
doblándose como un árbol bajo el peso oscuro del viento
tengo derecho a suponer el chisporroteo de un fogón encendido
Y detrás del fogón ha de haber una mujer que canta
O calla
Con un cucharón de madera en la mano derecha
revolviendo un cocido de papas y trozos de gallina y pizcas de cilantro
Y quizás lleva un delantal a cuadros azules
Y detrás de la mujer debe haber un niño
sentado en el suelo de tierra pensando en nada
Y detrás del niño ha de estar papá
Con su vozarrón callado y sus grandes zapatos quietos
Y su bigote de corsario
O como de manubrio de bicicleta
que le da un aspecto fiero
Y cómico a la vez
Y tierno
Y detrás de papá habrá un perro blanco
Y detrás del perro un gato colorado mordisqueándole la cola
Y detrás del gato una puerta abierta
Y un camino y una colina
Y una casa y una columna de humo

Y alguien que como yo
o tal vez mi contrario
contempla el paisaje circular a estas horas
se dice:
debajo de aquella columna de humo remoto
doblándose como un árbol bajo el peso oscuro del viento
he de suponer un fogón encendido y una mujer que canta
o que calla

 

 

LEÓN ZAFIR

 

  

Por ver a la reina

 

 

Princesa encantada: dende hace ocho días
supe en mi montaña, que queda muy leja,
que a usté por sus dotes de virtú y de gracia
iban a ponerle corona de reina;
y que todo el mundo s’ ihallaba alelao
viendo su lindeza;
que iban a llevale muchas serenatas,
a cantale trovas y escribile décimas
y a decile cosas de fina lindura
muy sentimentales todos los poetas.

Que una vez ponida la corona d’ioro,
de laurel o yedras,
usté ya podía ditar sus mandatos
lo mesmo que aquellas
remitas tan lindas que yo he percatao
en vistas de cine que hasta el campo llegan
y en algunos cuentos lo más divertidos
que pa los muchachos hace un tal Callejas.

Y por eso mesmo dende antier temprano
le dije a mi vieja
que yo me tenía que venír pal pueblo
de todas maneras.

Que me cepillara mi calzón de paño
y mi ruana negra
y que me planchara mi camisa blanca,
pa venime a vela.

Dejé comenzao mi tajo en el monte
y dejé mi güerta;
en un rincón puse con mucho cuidao
toda mi herramienta;
colgué mi machete
d’iun clavo grandote qu’ihay tras de la puerta;
me tercié del hombro mi carriel de nutria
con siete bolsillos y cuatro secretas,
me amarré en la nuca mi pañuelo nuevo
marcao con seda,
descolgué mi tiple,
le cambie las cuerdas,
y agarré el camino que hay en la montaña
por venir a verla.

Y aquí estoy plantao dende ayer, vigiando
por esos balcones onde usté s’incuentra,
a ver si la logro devisar, pa echale
las trovas más nuevas
que por el camino me vine inventando
pa usté solamente, paisana antioqueña.

Que tiene, me cuentan, usté unos ojazos
claros como l’agua que se queda quieta
puay en esos lagos que hay en la montaña
y que son los baños de la luna llena.

Y que los cabellos de usté se parecen
como a chorros d’ioro que mi Dios hubiera
derramao un día pa que recogiéramos
los que semos pobres aquí en esta tierra.

Y también me cuentan que las manos suyas
son como la espuma, lo mesmo que seda;
que es usté muy buena, que es usté muy linda,
más buena y más linda que todas las reinas.

No puedo, por tanto, soberana linda,
volver a mi tierra
sin haberla visto con todos sus lujos:
corona, pulseras,
mudada lo mesmo que en el pueblo mudan
a la Virgen blanca con toda su percha,
y no dende lejos, que no juera gracia,
sino bien de cerca.

Que habiéndola visto y habiendo cantao
junto a su ventana siquiera dos décimas,
ya me iré contento, con el mesmo brío,
a hacer el cultivo de mis sementeras…

Y estoy cavilando que por un milagro
puede hasta salirme mejor la cosecha.
Y en el rancho mío, la tarde en que llegue,
todo sudoroso, con la boca seca,
tendré la visita de muchos vecinos;
de toda la gente que hay en la vereda,
y hombres y mujeres habrán de envidiame
cuando yo les cuente que vide la reina.

Yo habré de espetales que usté es tan bonita
como la Patrona que alumbra mí vieja:
Virgen del Carmelo que no ha permitido
que a yo me asesinen en alguna gresca.

Que la frente suya
es blanca lo mesmo que unas azucenas
que tiene mí mama
sembradas a un lao de la talanquera;
y que son sus manos lo mesmo que lirios
y que usté es más dulce que la miel de abejas.

Y cuando mi perro voliando la cola
salga a recibirme, feliz por mi vuelta,
yo habré de decirle, manque no me entienda:
Vos sós un chandoso,
sós un desgraciao que sufrís cojera,
-cojera de perro que es pura malicia
pa latir sentao, pa no ir a la selva-,
y vas a morirte de viejo entre el rancho,
¡sin ver a la reina!

  

Nota: León Zafir, seudónimo de Pablo Emilio Restrepo López