Cómo anhela mi alma descubrir
nuevamente
brotar árboles desde el fondo del océano
Trepar por los atrios del tiempo
en una canoa redonda de esperanzas
Hablarle al águila
Desvestir su plumaje
Alzar una copa en el río pasional
como enjambre de polillas tras la luz
Subir por tu pupila azul
como mis manos por tu piel
Descubrirte en la sombra del éxtasis
o en la roquería austral despertar
después de zambullirme por tus acantilados
Ahí donde la vista se pierde en lo sublime.
Pero el silencio corroe el alma como el dolor
La estruja como pañuelo al viento
La hace temblar en los tejados de las colinas
y los rincones se hacen redondos
esperando tu arribo.
Quiero alcanzar tu puerto
marinera del alba
y fondear sobre tu cuerpo desnudo.
Mi dedo del pie
taquicardia de deseo
a un milímetro infranqueable
de su muslo.
Mi rodilla lo busca.
La rótula es incontenible.
No encuentra nada cuando lo encuentra
salvo la punzada fría de su excusa
para alejarse.
El aullido amordazado
de las pieles
me destierra del ópalo de fuego,
me sumerge en la obsidiana.
Me muelo la quijada
a golpes de carencia.
(yo uso dientes, boca, lengua...
una vez dije mandíbula,
pero hoy uso una quijada
para sentirme más cerca).
No puedo desintegrarme
en quinientascincuentaycincomil
quinientascincuentaycinco
partículas de sangre felina
porque sería una obviedad
de las que hacen reír
a los escorpiones.
¡Estar aún aquí
tan pegado a este suelo y respirando!
¿Cómo corresponder
la generosidad de los instantes?
Es posible que nunca alcance el don
de habitados sin más, ligeramente,
pero apenas el borde
¡qué dichoso me insiste, cómo, inmenso!
No he sabido llorar cuanto debía
y así voy viendo este vaivén de horas
sin saber dar las gracias, siempre en vilo.