martes, 7 de enero de 2014

LISANDRO CARDOZO


 


XV

 

Hoy escribo un poema
a esas lágrimas rodando
mansamente por tu rostro triste.
Le escribo a tus labrios temblorosos
tal vez de amor
o de miedo al inmenso silencio.

 

CARLOS VILLAGRA MARSAL



 
Grito de tierra

 

Grita
el cocuecero.
Vuelve de la chacra gritando
el cocuecero.
Viene gritando la tierra cuando grita
el cocuecero.

Con la antigua cruz de la azada
y con su grave y único grito
regresa este labriego.

Ha sido un día de fuego.
Pero grita su duro grito
el cocuecero.

Trae la espalda rota,
y por eso mismo grita en desafío
el cocuecero.

Sabe bien que la tierra no es suya,
y sin embargo va caminando detrás de su largo grito
el cocuecero.

De oscuro monte a monte
sigue el grito
solo
del campesino moreno.

La luz de cobre se acuesta en el rozado
mientras grita profundamente
el cocuecero.

Todo el crepúsculo cabe
en ese grito
de arriero.


Grito de madera que se incrusta
en el tremendo
silencio.
Allá el lejano, sufrido
grito
del cocuecero.

 

JOSEFINA PLA




Déjame ser


Deja llevarme mi última aventura.
Déjame ser mi propio testimonio,
y dar fe de mi propia
desmemoria.
Déjame diseñar mi último rostro,
apretar en mi oído los pasos de la lluvia
borrándome el adiós definitivo.

Déjame naufragar asida
a un paisaje, una nube,
al vuelo humilde de un gorrión,
a un brote renaciente,
o siquiera al relámpago
que abra en dos mi último cielo.

Sujétame los brazos.
engrilla mis tobillos,
empareda mis párpados.
Pero tatuada una flor en la pupila,
crucificada un alba debajo de la frente,
acurrucado un beso en la raíz de la lengua,
déjame ser mi propio testimonio.

 

 

 

lunes, 6 de enero de 2014

JOSEFINA PLA


 
Las puertas

 

...Un cerrarse de puertas,
a derecha e izquierda;
un cerrarse de puertas silenciosas,
siempre a destiempo,
siempre un poco antes
o un momento demasiado tarde;
hasta que solo queda abierta una,
la única puntual,
la única oscura,
la única sin paisaje y sin mirada.
 

CARLOS VILLAGRA MARSAL


 
 

El desterrado

 

Yo necesito,
volver allá,
donde colman de duelo
el cuenco de las madres,
donde llenan de sal nuestras heridas.
Tengo que regresar.
A mi tierra,
donde saquean el agua a los secanos,
donde demarcan las hambres
con alambre de púa.
De vuelta debo estar.
En mi tierra,
donde unos pocos mandan,
en tanto que en sus ojos le relucen las armas,
cuando a los demás sólo nos queda
sangre sajada en las espaldas
y sed amordazadas
y rabia.
Precisamente quiero
volver allá,
porque todos sabemos
que cuanto más ciega sea
la sombra que soporta la patria,
más cercano estará,
a punto de asomarse
el resplandor seguro,
el goce incontenible de la madrugada.

 

LISANDRO CARDOZO


 

III



Estar con ella era una fiesta,
era como escuchar música
venida de algún lugar del universo
Con ella podía ver los colores
refulgentes de las estrellas
en las cosas más simples,
como por ejemplo, en una cucharilla
de azúcar entre mis dedos
o en el fondo de una copa
de vidrio barato.

 

 

DELFINA ACOSTA


 

Yo, Otelo

 

Te celo de las niñas imposibles,
rostros de brasa y lágrimas de nieve.
Me encuentras a tu madre parecida,
y de razón mudable cuando llueve.
Te quiero y tú me quieres, mas no basta,
ni esta promesa de quererse siempre.
Mi amor lleva mi letra simple y triste.
El tuyo es una carta que se enciende.
A veces miras sin notar el cielo
y dices, por ejemplo, que me quieres.
Yo juego a que estoy muerta y me distraigo
mirando cómo el pasto se oscurece.
Y por amarme y por besarme tanto,
y por morderte y luego por lamerte,
cayó el adiós, cayó después la lluvia,
en esta última tarde de diciembre.