domingo, 6 de septiembre de 2015

JORGE CUESTA PORTE-PETIT







Capto la seña de una mano, y veo
Que hay una libertad en mi deseo;
Ni dura ni reposa;
Las nubes de su objeto el tiempo altera
Como el agua la espuma prisionera
De la masa ondulosa.

Suspensa en el azul la seña, esclava
De la más leve onda, que socava
El orbe de su vuelo,
Se suelta y abandona a que se ligue
Su ocio al de la mirada que persigue
Las corrientes del cielo.

Una mirada en abandono y viva,
Si no una certidumbre pensativa,
Atesora una duda;
Su amor dilata en la pasión desierta
Sueña en la soledad y está despierta
En la conciencia muda.

Sus ojos, errabundos y sumisos,
El hueco son, en que los fatuos rizos
De nubes y de frondas
Se apoderan de un mármol de un instante
Y esculpen la figura vacilante
Que complace a las ondas.

La vista en el espacio difundida,
Es el espacio mismo, y da cabida
Vasto y nimio al suceso
Que en las nubes se irisa y se desdora
E intacto, como cuando se evapora,
Está en las ondas preso.

Es la vida allí estar, tan fijamente,
Como la helada altura transparente
Lo finge a cuanto sube
Hasta el purpúreo límite que toca,
Como si fuera un sueño de la roca,
La espuma de la nube.

Como si fuera un sueño, pues sujeta,
No escapa de la física que aprieta
En la roca la entraña,
La penetra con sangres minerales
Y la entrega en la piel de los cristales
A la luz, que la daña.

No hay solidez que a tal prisión no ceda
Aún la sombra más íntima que veda
Un receloso seno
¡En vano!; pues al fuego no es inmune
Que hace entrar en las carnes que desune
Las lenguas del veneno.

A las nubes también el color tiñe,
Túnicas tintas en el mal les ciñe,
Las roe, las horada,
Y a la crítica muestra, si las mira,
Por qué al museo su ilusión retira
La escultura humillada.

Nada perdura, ¡oh nubes!, ni descansa.
Cuando en un agua adormecida y mansa
Un rostro se aventura,
Igual retorna a sí del hondo viaje
Y del lúcido abismo del paisaje
Recobra su figura.

Íntegra la devuelve el limpio espejo,
Ni otra, ni descompuesta en el reflejo
Cuyas diáfanas redes
Suspenden a la imagen submarina,
Dentro del vidrio inmersa, que la ruina
Detiene en sus paredes.

¡Qué eternidad parece que le fragua,
Bajo esa tersa atmósfera de agua,
De un encanto el conjuro
En una isla a salvo de las horas,
Áurea y serena al pie de las auroras
Perennes del futuro!

Pero hiende también la imagen, leve,
Del unido cristal en que se mueve
Los átomos compactos:
Se abren antes, se cierran detrás de ella
Y absorben el origen y la huella
De sus nítidos actos.

Ay, que del agua el imantado centro
No fija al hielo que se cuaja adentro
Las flores de su nado;
Una onda se agita, y la estremece
En una onda más desaparece
Su color congelado.

La transparencia a sí misma regresa
Y expulsa a la ficción, aunque no cesa;
Pues la memoria oprime
De la opaca materia que, a la orilla,
Del agua en que la onda juega y brilla,
Se entenebrece y gime.

La materia regresa a su costumbre.
Que del agua un relámpago deslumbre
O un sólido de humo
Tenga en un cielo ilimitado y tenso
Un instante a los ojos en suspenso,
No aplaza su consumo.

Obscuro perecer no la abandona
Si sigue hacia una fulgurante zona
La imagen encantada.
Por dentro la ilusión no se rehace;
Por dentro el ser sigue su ruina y yace
Como si fuera nada.

Embriagarse en la magia y en el juego
De la áurea llama, y consumirse luego,
En la ficción conmueve
El alma de la arcilla sin contorno:
Llora que pierde un venturero adorno
Y que no se renueve.

Aún el llanto otras ondas arrebatan,
Y atónitos los ojos se desatan
Del plomo que acelera
El descenso sin voz a la agonía
Y otra vez la mirada honda y vacía
Flota errabunda fuera.

Con más encanto si más pronto muere,
El vivo engaño a la pasión se adhiere
Y apresura a los ojos
Náufragos en las ondas ellos mismos,
Al borde a detener de los abismos
Los flotantes despojos.

Signos extraños hurta la memoria,
Para una muda y condenada historia,
Y acaricia las huellas
Como si oculta obcecación lograra,
A fuerza de tallar la sombra avara
Recuperar estrellas.

La mirada a los aires se transporta,
Pero es también vuelta hacia adentro, absorta,
El ser a quien rechaza
Y en vano tras la onda tornadiza
Confronta la visión que se desliza
Con la visión que traza.

Y abatido se esconde, se concentra,
En sus recónditas cavernas entra
Y ya libre en los muros
De la sombra interior de que es el dueño
Suelta al nocturno paladar el sueño
Sus sabores obscuros.

Cuevas innúmeras y endurecidas,
Vastos depósitos de breves vidas,
Guardan impenetrable
La materia sin luz y sin sonido
Que aún no recoge el alma en su sentido
Ni supone que hable.

¡Qué ruidos, qué rumores apagados
Allí activan, sepultos y estrechados,
El hervor en el seno
Convulso y sofocado por un mudo!
Y graba al rostro su rencor sañudo
Y al lenguaje sereno.
Pero, ¡qué lejos de lo que es y vive
En el fondo aterrado y no recibe
Las ondas todavía
Que recogen, no más, la voz que aflora
De una agua móvil al rielar que dora
La vanidad del día!

El sueño, en sombras desasido, amarra
La nerviosa raíz, como una garra
Contráctil o bien floja;
Se hinca en el murmullo que la envuelve,
O en el humor que sorbe y que disuelve
Un fijo extremo aloja.

Cómo pasma a la lengua blanda y gruesa,
Y asciende un burbujear a la sorpresa
Del sensible oleaje:
Su espuma frágil las burbujas prende,
Y las prueba, las une, las suspende
La creación del lenguaje.

El lenguaje es sabor que entrega al labio
La entraña abierta a un gusto extraño y sabio:
Despierta en la garganta;
Su espíritu aún espeso al aire brota
Y en la líquida masa donde flota
Siente el espacio y canta.

Multiplicada en los propicios ecos
Que afuera afrontan otros vivos huecos
De semejantes bocas,
En su entraña ya vibra, densa y plena,
Cuando allí late aún, y honda resuena
En las eternas rocas.

Oh eternidad, oh hueco azul, vibrante
En que la forma oculta y delirante
Su vibración no apaga,
Porque brilla en los muros permanentes
Que labra y edifica transparentes,
La onda tortuosa y vaga.

Oh eternidad, la muerte es la medida,
Compás y azar de cada frágil vida,
La numera la Parca.
Y alzan tus muros las dispersas horas,
Que distantes o próximas, sonoras
Allí graban su marca.

Denso el silencio trague al negro, obscuro
Rumor, como el sabor futuro
Sólo la entraña guarde
Y forme en sus recónditas moradas,
Su sombra ceda formas alumbradas
A la palabra que arde.

No al oído que al antro se aproxima
Que al banal espacio, por encima
Del hondo laberinto
Las voces intrincadas en sus vetas
Originales vayan, más secretas
De otra boca al recinto.

A otra vida oye ser, y en un instante
La lejana se une al titubeante
Latido de la entraña;
Al instinto un amor llama a su objeto;
Y afuera en vano un porvenir completo
La considera extraña.

El aire tenso y musical espera;
Y eleva y fija la creciente esfera,
Sonora, una mañana:
La forman ondas que juntó un sonido,
Como en la flor y enjambre del oído
Misteriosa campana.

Ese es el fruto que del tiempo es dueño;
En él la entraña su pavor, su sueño
Y su labor termina.
El sabor que destila la tiniebla
Es el propio sentido, que otros puebla
Y el futuro domina.



ALBERTO RUY SÁNCHEZ LACY







Vuelves a mí,
Al abismo de mis manos,
A la orilla
Del sonido
De la sangre
De mi cuerpo,
Y me dejas escuchar los pasos
Veloces
De la tuya.
Pego el oído
A tu piel
(La mía es la prisión
De tu presencia)
Y escucho en ella
El murmullo
De un río en la noche,
Los secretos en tumulto
De un corazón
Que ya no late
Hacia mí.
Pones tu sonrisa en las manos de mis ojos,
Pones tus manos en mis hombros,
Tus pies
Se enredan
En mis piernas,
Se anudan
Como serpientes en celo
Y tu mente
En el mar de aquel olvido
Donde flotan
Nuestras frases
Nuestros quejidos
Nuestros anhelos
De eterna conmoción
Nuestra certeza
De ser indisolubles.
Te vas así
Cuando te acercas
Y al irte
Me dejas
Más cerca de ti.
Mi piel es la prisión
De tu presencia.


sábado, 5 de septiembre de 2015

XAVIER VILLAURRUTIA GONZÁLEZ






Se diría que las calles fluyen dulcemente en la noche.
Las luces no son tan vivas que logren desvelar el secreto,
El secreto que los hombres que van y vienen conocen,
Porque todos están en el secreto
Y nada se ganaría con partirlo en mil pedazos
Si, por el contrario, es tan dulce guardarlo
Y compartirlo sólo con la persona elegida.

Si cada uno dijera en un momento dado,
En sólo una palabra, lo que piensa,
Las cinco letras del DESEO formarían una enorme cicatriz luminosa,
Una constelación más antigua, más viva aún que las otras.
Y esa constelación sería como un ardiente sexo
En el profundo cuerpo de la noche,
O, mejor, como los Gemelos que por vez primera en la vida
Se miraran de frente, a los ojos, y se abrazaran ya para siempre.

De pronto el río de la calle se puebla de sedientos seres,
Caminan, se detienen, prosiguen.
Cambian miradas, atreven sonrisas,
Forman imprevistas parejas...

Hay recodos y bancos de sombra,
Orillas de indefinibles formas profundas
Y súbitos huecos de luz que ciega
Y puertas que ceden a la presión más leve.

El río de la calle queda desierto un instante.
Luego parece remontar de sí mismo
Deseoso de volver a empezar.
Queda un momento paralizado, mudo, anhelante
Como el corazón entre dos espasmos.

Pero una nueva pulsación, un nuevo latido
Arroja al río de la calle nuevos sedientos seres.
Se cruzan, se entrecruzan y suben.
Vuelan a ras de tierra.
Nadan de pie, tan milagrosamente
Que nadie se atrevería a decir que no caminan.

¡Son los ángeles!
Han bajado a la tierra
Por invisibles escalas.
Vienen del mar, que es el espejo del cielo,
En barcos de humo y sombra,
A fundirse y confundirse con los mortales,
A rendir sus frentes en los muslos de las mujeres,
A dejar que otras manos palpen sus cuerpos febrilmente,
Y que otros cuerpos busquen los suyos hasta encontrarlos
Como se encuentran al cerrarse los labios de una misma boca,
A fatigar su boca tanto tiempo inactiva,
A poner en libertad sus lenguas de fuego,
A decir las canciones, los juramentos, las malas palabras
En que los hombres concentran el antiguo misterio
De la carne, la sangre y el deseo.
Tienen nombres supuestos, divinamente sencillos.
Se llaman Dick o John, o Marvin o Louis.
En nada sino en la belleza se distinguen de los mortales.
Caminan, se detienen, prosiguen.
Cambian miradas, atreven sonrisas.
Forman imprevistas parejas.

Sonríen maliciosamente al subir en los ascensores de los hoteles
Donde aún se practica el vuelo lento y vertical.
En sus cuerpos desnudos hay huellas celestiales;
Signos, estrellas y letras azules.
Se dejan caer en las camas, se hunden en las almohadas
Que los hacen pensar todavía un momento en las nubes.
Pero cierran los ojos para entregarse mejor a los goces de su encarnación misteriosa,
Y, cuando duermen, sueñan no con los ángeles sino con los mortales.



MANUEL MARÍA FLORES






Buscaba mi alma con afán tu alma,
Buscaba yo la virgen que mi frente
Tocaba con su labio dulcemente
En el febril insomnio del amor.

Buscaba la mujer pálida y bella
Que en sueño me visita desde niño,
Para partir con ella mi cariño,
Para partir con ella mi dolor.

Como en la sacra soledad del templo
Sin ver a Dios se siente su presencia,
Yo presentí en el mundo tu existencia,
Y, como a Dios, sin verte, te adoré.

Y demandando sin cesar al cielo
La dulce compañera de mi suerte,
Muy lejos yo de ti, sin conocerte
En la ara de mi amor te levanté.

No preguntaba ni sabía tu nombre,
¿En dónde iba a encontrarte? Lo ignoraba;
Pero tu imagen dentro el alma estaba,
Más bien presentimiento que ilusión.

Y apenas te miré... tú eras ángel
Compañero ideal de mi desvelo,
La casta virgen de mirar de cielo
Y de la frente pálida de amor.

Y a la primera vez que nuestros ojos
Sus miradas magnéticas cruzaron,
Sin buscarse, las manos se encontraron
Y nos dijimos "te amo" sin hablar

Un sonrojo purísimo en tu frente,
Algo de palidez sobre la mía,
Y una sonrisa que hasta Dios subía...
Así nos comprendimos... nada más.

¡Amémonos, mi bien! En este mundo
Donde lágrimas tantas se derraman,
Las que vierten quizá los que se aman
Tienen yo no sé que de bendición,

Dos corazones en dichoso vuelo;
¡Amémonos, mi bien! Tiendan sus alas
Amar es ver el entreabierto cielo
Y levantar el alma en asunción.

Amar es empapar el pensamiento
En la fragancia del Edén perdido;
Amar es... amar es llevar herido
Con un dardo celeste el corazón.

Es tocar los dinteles de la gloria,
Es ver tus ojos, escuchar tu acento,
En el alma sentir el firmamento
Y morir a tus pies de adoración.




GABRIEL ZAID







Yo soltaba los galgos del viento para hablarte.
A machetazo limpio, abrí paso al poema.
Te busqué en los castillos a donde sube el alma,
Por todas las estancias de tu reino interior,
Afuera de los sueños, en los bosques, dormida,
O tal vez capturada por las ninfas del río,
Tras los espejos de agua, celosos cancerberos,
Para hacerme dudar si te amaba o me amaba.

Quise entrar a galope a las luces del mundo,
Subir por sus laderas a dominar lo alto;
Desenfrenar mis sueños, como el mar que se alza
Y relincha en los riscos, a tus pies, y se estrella.

Así cada mañana por tu luz entreabierta
Se despereza el alba, mueve un rumor el sol,
Esperando que abras y que alces los párpados
Y amanezca y, mirándote, suba el día tan alto.

Si negases los ojos el sol se apagaría.
El acecho del monte y del amanecer
En tinieblas heladas y tercas quedaría,
Aunque el sol y sus ángeles y las otras estrellas
Se pasaran la noche tocando inútilmente.



ALBERTO RUY SÁNCHEZ LACY




El centro de mi universo en la boca



Una sospecha de penumbra basta
para entrar a un hospital.
Para salir, se necesita
un gran rayo de sol.

Y, con suerte, y algo más,
algunas veces,
las cosas se acomodan
aquí y allá, arriba, abajo,
en el cielo y en tu cuerpo.

Y entonces el sol es un botón,
que se abre en tu camisa,
la luna una sonrisa
en tu pecho.

Para el que
pueda o sepa
gozar ese acomodo,
salud es luz.

Dicen que el persa sediento,
el de los treinta pájaros viajeros
que eran uno
y era imagen del deseo,
le dijo alguna vez a su amada:

La cúpula del universo está en tu pecho,
y en la vasija cóncava donde bebo.
Y en la frescura y la dureza
de esta aceituna en el fondo
está el sabor de tus pezones
coronando el centro del universo
que, de pronto,
está en mi boca.


CARLOS PELLICER CÁMARA





                             A la Sra. Lupe Medina de Ortega.



I

Los grupos de palomas,
Notas, claves, silencios, alteraciones,
Modifican el ritmo de la loma.
La que se sabe tornasol afina
Las ruedas luminosas de su cuello
Con mirar hacia atrás a su vecina.
Le da al Sol la mirada
Y escurre en una sola pincelada
Plan de vuelos a nubes campesinas.

II

La gris es una joven extranjera
Cuyas ropas de viaje
Dan aire de sorpresas al paisaje
Sin compradoras y sin primaveras.

III

Hay una casi negra
Que bebe astillas de agua en una piedra.
Después se pule el pico,
Mira sus uñas, ve las de las otras,
Abre un ala y la cierra, tira un brinco
Y se para debajo de las rosas.
El fotógrafo dice:
Para el jueves, señora.
Un palomo amontona sus erres cabeceadas,
Y ella busca alfileres
En el suelo que brilla por nada.
Los grupos de palomas
-Notas, claves, silencios, alteraciones-
Modifican lugares de la loma.

IV

La inevitablemente blanca
Sabe su perfección. Bebe en la fuente
Y se bebe a sí misma y se adelgaza
Cual un poco de brisa en una lente
Que recoge el paisaje.
Es una simpleza
Cerca del agua. Inclina la cabeza
Con tal dulzura,
Que la escritura desfallece
En una serie de sílabas maduras.

V

Corre un automóvil y las palomas vuelan.
En la aritmética del vuelo,
Los "ochos" árabes desdóblanse
Y la suma es impar. Se mueve el cielo
Y la casa se vuelve redonda.
Un viraje profundo.
Regresan las palomas.
Notas. claves. Silencios. Alteraciones.
El lápiz se descubre; se inclinan las lomas
Y por 20 centavos se cantan las canciones.